Arrumbada el alma y despreciada la metafísica por Hume y Kant, solo nos queda la materia. Pero el arjé no puede ser visible, y aunque el noúmeno sea incognoscible (Kant dixit), hay que buscar un algo basal. ¿Y qué será? El sustrato, por supuesto. Para el marxismo la clave está en la infraestructura (nótese el infra: debajo) económica; para el psicoanálisis, será el inconsciente -oh paradoja- lo que determine el consciente. Siempre lo inferior será lo que domine a lo superior. Ahora hay biblistas que se afanan por desenterrar el sustrato arameo del Nuevo Testamento, pensando que tal sustrato nos abrirá mediterráneos que, pobrines, los Padres de la Iglesia no atisbaron en el "invasor" griego.
Pero no, el sótano no precede al piso principal, ni los cimientos prevalecen sobre la catedral de Notre Dame. No, el sustrato no es más relevante que el estrato, ni la infancia determina la madurez.
La tiranía del sustrato es esnobista (snob: sine nobilitate). La Edad Contemporánea, arrumbada la aristocracia, es un gigantesco esnobismo.
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