En el propio Nietzsche, su tipo de cristiandad es ya el origen del nihilismo.

 Solo habremos dado un primer paso hacia esta comprensión si regresamos a nuestra pregunta fundamental: cómo el pensamiento de Nietzsche está determinado por impulsos cristianos. Veremos que ya la posibilidad de una visión total de la historia universal, en cuanto tal, es de origen cristiano. Con ella se vincula la concepción fundamental del hombre como un ser fallido. Pero sobre todo es de origen cristiano la voluntad de una veracidad a toda costa, de la que surgen los ataques al cristianismo. La incondicionalidad moral de esta veracidad conduce a una ciencia universal, con la que se deben conocer el mundo, el hombre y también el cristianismo y su historia. Pero si observamos la cristiandad de Nietzsche — primero desde el punto de vista de la historia universal, luego en su imagen del hombre y finalmente en su voluntad de verdad a toda costa, desde donde se mantienen los dos primeros enfoques — , entonces siempre percibiremos al mismo tiempo que en su pensamiento se han perdido los contenidos cristianos. Esta pérdida se produjo desde el principio, ya en el modo como Nietzsche asumió los impulsos cristianos. Tal pérdida acarreó el giro nihilista. En el propio Nietzsche, su tipo de cristiandad es ya el origen del nihilismo.


Es cristiana la idea de que la historia de la humanidad, con sus decisiones, es rigurosamente irrepetible: creación, caída en pecado, aparición del Hijo de Dios, n del mundo, Juicio Final. El cristiano conoce esta totalidad de la historia y no ve la historia empírica como un suceso arbitrario y un mero cambio, sino que la ve integrada en la historia sobrenatural. De este modo, la historia empírica está preñada de un sentido profundo. Además, en ella se produce en todo momento la decisión sobre la salvación de cada alma singular. De la noción cristiana de la historia surgió, a través de una transformación, la losofía de la historia como conocimiento total profano. Herder, Kant, Fichte, Hegel y Marx son descendientes del pensamiento cristiano, y junto con ellos también Nietzsche. Lo decisivo es siempre una visión del conjunto, una conciencia de la época actual como una determinada fase dentro del desarrollo global, y siempre como una crisis, como una transición que lo decide todo. Siempre existe la tendencia a situar en algún momento del pasado el punto culminante, el origen de la salvación, viendo en él a su vez la posibilidad del propio presente. Todos ellos piensan que la forma fundamental de la historia consiste en que, después de que una situación original armoniosa y perfecta ha quedado arruinada, desintegrada y falseada por culpa de un veneno, de un hecho atroz o maligno, de un suceso que hace que los hombres se alienen de sí mismos, ahora hay que restituir aquel estado original. El contenido de todas estas categorías varía, pero ellas mismas retornan constantemente. 

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Es verdad que el hombre meditativo se atreve a arriesgarse al desarraigo, pero entonces tampoco encontrará terreno firme en ninguna otra parte, ni en la lejanía ni en el mundo del futuro, sino que solo encontrará terreno firme en su presente y ante la trascendencia, si es que es capaz de vivir desde la hondura de su fundamento. Es verdad que el hombre debe asumir el riesgo de exponerse a las inmensidades del ilimitado espacio de lo posible; pero lo decisivo para él es si una vez llegado ahí se pierde en la nada, la cual forzosamente lo lleva primero a la desesperación y luego al fanatismo, o si alcanza el encuentro con la trascendencia, que lo rescata y le hace ser libre. La idea de la historia universal, absolutizada en un saber total, es como una niebla que ha cubierto nuestra realidad. Domina amplios sectores del pensamiento moderno. Hace falta una sacudida para liberarse de ella. La idea de esta liberación es sencilla, pero su realización es ardua. Nietzsche, y con él el hombre moderno, ya no vive referido al uno que es Dios, sino que, sujeto a la directriz cristiana de la unidad de la historia universal, cae en la unidad sin trascendencia que son este mundo y la historia de la humanidad, y entonces tiene que experimentar y saber que esta inmanencia mundana no existe como unidad. Cuando la unidad se desintegra el azar se erige en última instancia, el caos pasa a ser la auténtica realidad, uno se ve impelido a aferrarse fanáticamente a cualquier cosa y todo se percibe como un centro de experimentación, como una planificación de la totalidad que se engaña a sí misma. Y cuando todas estas vías se calan a fondo, surge entonces un nihilismo exacerbado.
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Pero nos preguntamos: ¿puede el hombre alcanzar su objetivo si solo se quiere a sí mismo y su «marcha hacia delante»? Cuando Nietzsche se dio cuenta de que esto no es posible, se apuntó unas palabras de Goethe (dirigidas al concejal Schlosser): «Solo se puede respetar realmente a aquel que no se busca a sí mismo [...]. Debo confesar que en toda mi vida solo he hallado caracteres altruistas de este tipo ahí donde me encontré con una vida religiosa sólidamente arraigada, con un credo que tenía una base inalterable, que por así decirlo se basaba en sí mismo y que no dependía de la época, de su espíritu ni de su ciencia».
En lo sucesivo Nietzsche negó esta realidad. Incluso aquí, cuando piensa en el ser humano, lo característico de Nietzsche es hacerlo inicialmente desde un impulso cristiano. Y sin embargo, elimina de entrada el sentido cristiano, es decir, la referencia del hombre a la divinidad. De este modo, se gura que está pensando — y que está pensando creativamente — sin quimeras, en medio de una realidad gélida; y no obstante cae en el vacío que supone no ser nada más que hombre, en ese vacío en el que, sufriendo la insoportable condición humana, por así decirlo se remonta sobre sí mismo y se eleva hasta la idea del hombre superior. En su indefinición, este hombre superior no significa nada para el hombre viviente que, «con vistas a lo perfecto», quiere hacer aquí y ahora lo que sea necesario para alcanzar su estado supremo, y que solo descansará de su actividad cuando haya alcanzado la certeza del propio ser. La condición para hallarnos a nosotros mismos, para hallar al hombre, es no buscarnos a nosotros, no buscar al hombre.
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Que los griegos, pese a ser los fundadores de la ciencia, desconocieran la auténtica ciencia universal únicamente puede deberse a la falta de motivos espirituales y de impulsos morales, que son los que capacitaron al hombre cristiano, y únicamente a él, para desarrollar esta ciencia primero a partir de su cristianismo y luego contra él, o al menos contra todas sus formas objetivas.

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