el marxismo se ha convertido en la nueva religión del capitalismo, una religión que resulta para éste mucho más cómoda que la cristiana

 Porque “moderno” equivale a “protestante”, con todas las graves consecuencias que esto tiene para la historia europea y universal, empezando por la general entronización de la idea de Estado.

La separación de etapas históricas es siempre convencional, y depende del punto de vista de los historiadores, por lo que su determinación puede presentar diferencias notables. En mi opinión, así como el fin de la Antigüedad debe fijarse en el año 700, fecha simplificada de la desaparición de la unidad mediterránea, que las invasiones germánicas no habían destruido, pero sí la expansión islámica, así también el fin de la que en el Renacimiento vino a llamarse Edad Media no se produjo realmente, a pesar de evidentes síntomas de descomposición moral, hasta la Reforma; en este sentido, el comienzo de la Edad Moderna puede fijarse en la fecha concreta de 1517, momento de la solemne ruptura de Lutero con Roma, es decir, la ruptura de la Cristiandad que da lugar al nacimiento de Europa como entidad moral. Así, “modernidad” equivale a “protestantismo”, y todos los fenómenos que caracterizan a Europa, en estos últimos cinco siglos, son todos ellos de raíz protestante: Europa es un producto de la Reforma y sigue viviendo de ella. En este sentido, España no pertenece a Europa (como traté de explicar desde mis escritos reunidos en De la Guerra y de la Paz, libro publicado en 1954), y cualquier intento europeizante presupone, entre nosotros, una desviación de la esencia de lo español; por ello mismo, la confesionalidad católica viene a ser una exigencia política, pese a las declaraciones de la Iglesia sobre la libertad religiosa, que no pueden afectar a la entidad misma del ser de España, siempre “más papista que el Papa”; una confesionalidad, después de todo, no muy distinta de la de otros muchos pueblos, como los musulmanes, el Estado de Israel, la misma Inglaterra, por no hablar ya de los negativa mente confesionales de signo marxista.



En este sentido he dicho alguna vez que el marxismo se ha convertido en la nueva religión del capitalismo, una religión que resulta para éste mucho más cómoda que la cristiana. Y por eso vemos que no son las empresas las dejadas al socialismo, sino las actividades que tradicionalmente competían a la Iglesia: predicación, educación y beneficencia.

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Lo que sí se deduce del dato dogmático del Reinado de Cristo es que los que aparecen como “soberanos” temporales deben actuar, en todo momento, como mandados por ese poder divino originario. Ése era el sentido que tenía la antigua fórmula del poder de los reyes por la gracia de Dios. Con esa frase no se venía tanto a afirmar el carácter divino del poder real cuanto a subrayar la dependencia de éste respecto al realmente soberano de Jesucristo. Por ello, el renunciar a esa fórmula, más que un síntoma de humildad, viene a ser una forma de negar tal subordinación a Jesucristo Rey.
El Protestantismo, al alejar la presencia de Dios de la vida temporal, no empezó por negar la derivación divina del poder real entonces reconocida, sino que favoreció la idea de que ese poder era, sí, por voluntad de Dios - “Dios elige al Rey”-, pero que tal elección no tenía luego ya trascendencia alguna, de modo que el Rey elegido por Dios no tenía que gobernar como vicario divino, sino por su absoluto arbitrio: “Dios pone al Rey, pero el Rey pone la ley” es la fórmula del absolutismo. De este modo, entre Dios y la ley actual se interponía la voluntad omnímoda del Rey. Y este absolutismo derivado de la herejía protestante se transfundió fácilmente en los poderes democráticos que sobrevinieron en lugar de antiguas monarquías, con la agravación de prescindir totalmente del origen divino del poder, ya que la voluntad del pueblo vino a quedar divinizada, en sustitución de la voluntad de Dios.
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Resulta interesante observar cómo algunos católicos, fundándose precisamente en aquella doctrina que ve una derivación del poder proveniente de Dios a través del Pueblo, llegan a hablar de “soberanía popular”, pero luego, cuando el Pueblo hace uso de esa soberanía, por ejemplo aprobando una ley contra el derecho natural, se indignan, sin darse cuenta de que ese abuso deriva de las premisas que ellos mismos empezaron por admitir. Así ha ocurrido recientemente en España con los que censuraron a cuantos, como yo, habíamos declarado la incompatibilidad de la “soberanía popular” con la ortodoxia católica, y luego se indignaron con la aprobación de varias leyes contra el derecho natural; aunque fueran “teólogos”, la Teología política no era su especialidad. La doctrina de la “soberanía del Pueblo” es así tan incompatible con el Reinado de Cristo como el absolutismo monárquico. La raíz teológica del error democrático proviene de la confusión típicamente protestante, que concluye inevitablemente en el ateísmo, de que el Deus absconditus no es simplemente un Dios espiritual y “escondido”, porque nuestros sentidos no lo pueden percibir, sino un Dios “ausente” -que está más allá de las estrellas, y allí se queda, como en el Himno de la Alegría-, un Dios que no se ocupa de las cosas humanas, y deja por ello al hombre en total independencia, lo que equivale, en último término, al “Dios muerto” de la filosofía moderna.
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Se argüirá contra esto que en una sociedad no católica, al faltar un criterio objetivo de moralidad y quedar ésta al arbitrio de la conciencia individual, las leyes pueden quedar totalmente alejadas de todo criterio moral. Así es, en efecto. La expresión más clara de esa pérdida de objetividad moral que produce el Protestantismo es la del imperativo categórico kantiano. Kant consuma la construcción más clara del subjetivismo protestante, congruente, por lo demás, con el subjetivismo metafísico de Descartes. Para éste, la existencia depende del pensamiento individual, y era congruente que acabara por reconocerse que también la moralidad depende de la conciencia personal. Así lo hace Kant. Su famosa regla de “obra de modo que tu conducta sirva de regla general” no es más que una descarada entronización de la conciencia individual sin ley objetiva. No hace falta mucha imaginación para comprender que, con este “imperativo categórico”, toda objetividad moral queda arruinada, pues se prescinde, por principio, de la ley de Dios. El orden moral, por tanto, se hace imposible, y hoy podemos palpar las gravísimas consecuencias prácticas de esa fatal revolución filosófica kantiana.
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el Comunismo aspira a convertir a los hombres -como hacen las religiones- y el Capitalismo prefiere corromperlos con la mayor riqueza que él puede producir. En cierta medida, esta mayor eficacia de la corrupción que de la conversión puede apreciarse ya, pues no sólo la acción proselitista del Comunismo no ha podido alterar el ritmo consumista del hemisferio capitalista, sino que en el mismo terreno del Comunismo, la corrupción hedonista del Consumismo parece estar dejando sin juventud a la ortodoxia comunista.
Es previsible, pues, que si el rumbo de ese entendimiento de Este-Oeste no cambia, el Consumismo del Oeste acabará por prevalecer, aunque sin perjuicio de una amplia difusión de unas teorías marxistas sin consecuencias económicas, pues en nada deben perjudicar, para ser toleradas, los negocios del Capitalismo. Esta parece ser la entente que subyace bajo las apariencias de hostilidad entre el Este y el Oeste, entre Comunismo y Consumismo.
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 la Democracia es, en el fondo, una Criptocracia plutocrática, para la cual la negociación, los negocios, es su oficio, y no la violencia militar. Y al ser un poder oculto, es natural que se combine con todas las otras redes y sectas de connivencia oculta que existen en el mundo y que, revistiendo diversos nombres, conducen, en último término, al poder sinárquico del que ya hemos hecho mención. Pero por este camino de la Criptocracia encubierta bajo apariencias democráticas, es el mismo Estado el que viene a caer en crisis: se convierte también él en un puro instrumento de la Sinarquía mundial.
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El progreso técnico es un don de Dios, pero de cuyo abuso se pueden derivar muchos males y, entre ellos, la pérdida de la libertad personal. Diríamos que la libertad exige siempre un tanto de tolerable imperfección técnica: una manifestación más del deber moral, en todos los campos, de mantener la Técnica al servicio del Hombre, y no al revés.

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