Chateaubriand, por su parte, representa un intento de retorno, no a la religiosidad abstracta y amplia, como Constant, sino a una reli gión, la cristiana. Y su esfuerzo halló eco de comprensión y de entu siasmo en una sociedad europea que, cansada de tanto frío racionalis mo, ansiaba nuevas emociones y sentimientos. El Genio del Cristianismo era la obra adecuada para esa recién estrenada sentimentalidad eu ropea, que volvía ahora sus ojos, en giro nostálgico, hacia una más pura edad, en la que todo era más sencillo, más espontáneo. Y os curioso que aquellos hombres que deseaban un más primitivo vivir, cayesen en un nuevo amaneramiento; Chateaubriand hace des filar ante los ojos del lector romántico todas las maravillas de la civili zación y del arte cristiano. Crea una escenografía brillante y un len guaje emotivo, apasionado y tremendamente retórico. Por lo tanto su intento de recristianización peca de efímero, de teatral, fruto, más que de una fe a machamartillo, de una óptica pintoresca. Brandes comenta así esta obra de Chateaubriand: «En el siglo xvu se había creído todavía en el Cristianismo; en el siglo xvm fué negado y extirpado; en el siglo xix se introdujo un nuevo tipo de religiosi dad que consistía en girar alrededor del Cristianismo como alrededor de un objeto de museo, exclamando continuamente: ¡Qué poético! ¡Qué conmovedor y qué hermoso!».
G. Brandes: Las grandes comentes de la literatura en el siglo XIX. Edi torial Americalee. Buenos Aires, 1946. Vol. I, pág. 491.
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El hombre romántico cree más en la Naturaleza que en la deleznable obra del hombre —el bosque denso y desmelenado sustituye al peinadísimo jardín neoclásico—, y de ahí su preferencia por esos se res, hijos de la Naturaleza, libres de convencionalismos y lejos de una sociedad inhóspita e incomprensiva.
Baquero Goyanes: El cuento español en el siglo XIX.
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