sólo del feliz maridaje de la utilidad con el deleite nacen, como hijos legítimos, los maravillosos efectos que, en las costumbres y en los ánimos, produce la perfecta poesía.

     

La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies

Ignacio de Luzán


Un poeta, pues, que considerare la poesía como arte subordinada a la moral y a la política, podrá muy bien proponerse por solo fin la utilidad en una sátira, en una oda, en una elegía; si la considerare como entretenimiento y diversión, podrá también, para divertir su ociosidad y la de sus lectores, tener por solo fin el deleite en un soneto, en un madrigal, en una canción, en una égloga, en unas coplas o en unas décimas; y si finalmente juzgare que ni la sola utilidad es muy bien recibida ni el solo deleite es muy provechoso, podrá asimismo, uniendo lo útil a lo dulce, dirigir sus versos al fin de enseñar deleitando, o deleitar enseñando, en un poema épico, en una tragedia o comedia.

Con acuerdo hemos asignado breves y cortas composiciones a la sola utilidad y al solo deleite, dejando y separando las grandes de la poesía épica y dramática para la unión y el compuesto de lo útil y lo deleitable. Porque como nuestra naturaleza es, por decirlo así, feble y enfermiza, y nuestro gusto descontentadizo, están igualmente expuestos a fastidiarse de la utilidad o estragarse por el deleite. Y así el discreto y prudente poeta no debe ni ser cansado por ser muy útil, ni ser dañoso por ser muy dulce: de lo primero se ofende el gusto, de lo segundo la razón. Un poema épico, una tragedia o una comedia, en quien ni a la utilidad sazone el deleite, ni al deleite temple y modere la utilidad, o serán infructuosos por lo que les falta, o serán nocivos por lo que les sobra: pues sólo del feliz maridaje de la utilidad con el deleite nacen, como hijos legítimos, los maravillosos efectos que, en las costumbres y en los ánimos, produce la perfecta poesía.


Capítulo VIII

De las dos especies de verdad cierta o probable


Dirán muchos que ando muy errado en asentar la verdad por base y fundamento de la belleza poética, cuando nadie ignora que la poesía es una continua fragua de mentiras. La invención de tantas falsas deidades y de tantas fábulas, y la vanidad de los conceptos de los poetas, que juran que los mata un desdén y luego los resucita un favor, que el sol se confiesa vencido de los ojos de Filis, a cuya presencia reverdece el prado y se adorna de rosas y azucenas nuevamente producidas por el contacto de su pie, y otras mil expresiones de este género, desmienten este principio, y, al contrario, prueban que, no la verdad, sino la mentira es el fundamento de la belleza de la poesía. Esto dirá el vulgo que mira las cosas por la corteza, pero todo quedará desvanecido como se advierta con el citado Muratori63 que la verdad es de dos especies. Una es la verdad que de hecho es o realmente ha sido; otra es la verdad que verosímilmente es o ha sido o ha podido y debido ser según las fuerzas y el curso regular de la naturaleza. La primera verdad es la que buscan los teólogos, los matemáticos y las otras ciencias, como también la historia. La segunda especie de verdad pertenece a los poetas, a los retóricos y a veces a los historiadores. De la primera verdad se forma la ciencia, de la segunda nace la opinión; la una puede llamarse verdad necesaria, evidente o moralmente cierta, como sería decir que Dios es eterno y omnipotente; que la tierra es redonda; que el sol calienta y resplandece; que Roma, en otros tiempos, fue república y conquistó muchas provincias de Europa y de Asia; que un ejército de cristianos acaudillados por Godofredo de Bouillón recobró la ciudad de Jerusalén del poder de los sarracenos, etc. La otra puede llamarse verdad posible, probable o creíble, que comúnmente se dice verosímil, como sería decir que debajo de la luna hay fuego elemental; que Rómulo y Remo se criaron a los pechos de una loba; que en la conquista de Tierra Santa, en tiempos de Bouillón, hubo un gallardo sarraceno llamado Argante y una valerosa amazona llamada Clorinda, etc.

La belleza poética debe estar fundada en una de estas dos verdades, o en la verdad real y existente, o en la posible y verosímil. Si nuestro entendimiento no aprende en la poesía una de estas dos verdades, no puede hallar en ella deleite ni belleza alguna, porque lo falso, conocido por tal, no puede jamás agradar al entendimiento ni parecerle hermoso.

Esto supuesto, ya no habrá motivo para decir que la poesía es fragua de mentiras y que su belleza no puede con razón fundarse en la verdad. Porque, además de que en los poemas y en toda especie de poesía se halla mucha parte de la verdad real y existente, ya de historia, ya de geografía, ya de moral, ya de física, la otra parte que el poeta añade pertenece a la otra clase de las verdades posibles, creíbles y verosímiles. En lo cual no puede haber duda, si se advierte la distinción que hay entre la ficción y la mentira, como la advirtieron el Muratori y el doctísimo marqués Juan José Orsia64, según un agudo pensamiento de San Agustín, que dice que la mentira tiene por blanco el engañar y hacer creer lo falso, pero la ficción, aunque en la apariencia es mentira, se refiere indirectamente a alguna verdad que en sí encierra y esconde65: Quod scriptum est de domino, finxit se longius ire non ad mendacium pertinet; sed quando id fingimus, quod nihil significat, tunc est mendacium. Quam autem fictio nostra refertur ad aliquam significa tionem, non est mendacium, sed aliqua figura veritatis. Alioquin omnia, quae a sapientibus et sanctis viris, vel etiam ab ipso dominofigurate dicta sunt, mendacia deputarentur, quia secundum usitatum intellectum non subsistit veritas in talibus dictis... Ficta sunt ergo esta ad rem quandam significandam... Fictio igitur, quae ad aliquam veritatem refertur, figura est, quae non refertur mendacium est, etc.

Todas las fábulas poéticas de los antiguos figuraban de ordinario alguna verdad, o teológica, o física, o moral. Por ejemplo, la transformación de Júpiter en lluvia de oro, para penetrar el alcázar donde estaba encerrada Dánae; los encantos de Circe, que transformaba en puercos todos los pasajeros que a su isla aportaban; los milagros de Orfeo y de Anfión, que al son de sus liras movían las peñas y las selvas, eran todas ficciones, no mentiras; porque, aunque en lo exterior tenían visos de serlo, encerraban en sí y figuraban verdades de provechosa enseñanza. Pues la lluvia de oro significaba claramente que no hay puerta que no se abra con llave de este metal, ni muralla que resista a sus baterías; los encantos de Circe eran figura de los torpes placeres, y los prodigios de éstos tan diestros y músicos, Orfeo y Anfión, eran símbolo claro de la fuerza que tiene la elocuencia para mover hasta los más feroces ánimos y los más empedernidos corazones. Y así, discurriendo por todas las fábulas, ninguna se hallará que no se refiera indirectamente a alguna verdad. Homero llenó todos sus poemas de semejantes mentiras aparentes, tanto, que hasta los mismos gentiles le censuraron que hubiese atribuido a sus dioses no sólo pasiones, sino aún vicios humanos. Sin embargo, los eruditos descubren muchas verdades escondidas y envueltas en sus ficciones, de cuyas alegorías compuso un libro Heráclides Póntico.

Los hipérboles y demás fantasías y figuras poéticas, no menos que las fábulas, aunque parezcan mentiras, siempre significan alguna cosa verdadera. Cuando dice un poeta que ríe el prado, que calla el mar, quiere decir, con semejantes metáforas, que el prado es ameno y que el mar está en calma. Asimismo, cuando dice «que un caballo corre más veloz que el viento y que las olas del mar ya suben a las estrellas, ya bajan al abismo», etc., pretende, con tales exageraciones, decirnos la verdad, esto es, la gran velocidad de aquel caballo y la violencia extraordinaria de aquella borrasca; y no pudiéndolo decir tan precisamente que ni exceda ni falte, dice más de lo que es para que se crea lo que es, siendo en estos casos mejor, como enseña Quintiliano, que la expresión pase algo más allá de la raya, por no quedar corta: melius ultra, quam citra stat oratio.

Lo mismo digo de los demás encarecimientos poéticos, que, aunque en lo exterior son falsos, siempre significan alguna verdad o alguna cosa que a lo menos parece verdad a la fantasía del poeta; lo cual se entenderá más claramente distinguiendo las verdades en absolutas e hipotéticas. No es verdad absoluta, antes bien es falso, que la presencia de una dama haga reverdecer el prado y nacer a cada paso azucenas y claveles, que codiciosos y atrevidos aspiran a la dicha de ser pisados de tan hermosos pies; pero en la hipótesis de que las flores tuviesen sentido y conocimiento de la hermosura de aquella dama, y estuviesen tan enamoradas como el poeta, es verdad que formarían tales pensamientos y tendrían tales deseos. Asimismo es verdad hipotética que un hombre agitado de una violenta pasión, olvidándose de que los cielos, los árboles y las peñas son incapaces de entender sus quejas y de interesarse en sus pasiones, no obstante les hable como si tuviesen alma y sentido y les atribuya pensamientos y discursos de racionales. El poeta, con tales encarecimientos y figuras, no quiere engañarnos, sino sólo darnos a entender, sin quedar corto, la extremada hermosura de aquella dama y la violencia de aquella pasión que le trae como fuera de sí. De manera que todo lo que al vulgo parece mentira poética, si bien se mira, contiene siempre, directa o indirectamente, alguna verdad, ya absoluta, ya hipotética, ya cierta y real, ya probable, verosímil y posible.

***

Capítulo XIV

De las imágenes fantásticas artificiales


Las imágenes simples y naturales, de las cuales hemos hablado difusamente hasta ahora, no se puede negar que son de grande adorno y belleza en todo género de poesía; pero las imágenes fantásticas artificiales, de que trataremos en este capítulo, distinguen la poesía de todas las demás ciencias y artes con tan bizarras y vistosas galas, que llegan, en cierto modo, con el poderoso encanto de sus deleitosas apariencias, a enajenar los sentidos y embargar el discurso. Cuando se leen las composiciones de un poeta, cuya fantasía ha sabido con nuevas y vivas imágenes hermosear sus versos, parece que nuestra imaginación se pasea por un país encantado, donde todo es asombroso, todo tiene alma y cuerpo y sentido: las plantas aman, los brutos se duelen, se entristece el prado, las selvas escuchan, las flores desean, los suspiros y las almas tienen alas para volar de un cuerpo a otro; amor ya no es una pasión, sino un rapaz alado y ciego, que armado de aljaba y arpones, está flechando hombres y dioses; y todas estas cosas deben su nuevo ser a la fantasía del poeta, que ha querido darles alma y cuerpo y movimiento, sólo por deleitar nuestra imaginación y por expresar, debajo de tales apariencias, alguna verdad o cierta o verosímil. La fantasía, pues, del poeta, recorriendo allá dentro sus imágenes simples y naturales, y juntando algunas de ellas por la semejanza, relación y proporción que entre ellas descubre, forma una nueva caprichosa imagen, que por ser toda obra de la fantasía del poeta la llamamos imagen fantástica artificial. Observa, por ejemplo, que un monte muy alto parece a la vista que toca el cielo con su cima, y uniendo esta imagen con la de una columna, en cuyo capitel estriba algún edificio, por la semejanza y relación que entre ésta y aquella imagen descubre, firma una nueva imagen, diciendo que aquel monte sostiene el cielo. Asimismo de la semejanza que nota entre las imágenes de la risa del hombre y de la amenidad de un verde prado, cría otra nueva imagen fantástica, diciendo que ríe el prado; y de la misma manera se imagina que el mar está airado y que se enfurece contra la orilla o contra un escollo; que el cielo está triste o alegre, etc. Es verdad que todas estas imágenes, si el entendimiento las considera directamente y en su sentido literal, son falsas; pero ya hemos dicho que, aunque sean falsas directamente para el entendimiento, no obstante, son verdaderas o verosímiles para la fantasía y hacen que el entendimiento aprenda alguna verdad, a lo menos, probable y verosímil. Así, el decir que el prado ríe hace comprender indirectamente su natural hermosura y el efecto que causa su vista, semejante al efecto que hace en un hombre la risa de otro. Parece también a la fantasía y a la vista de los que navegan que la playa se aparta, por lo que dijo Virgilio:


Provehimur portu, terraeque urbesque recedunt.



Aunque, luego que el entendimiento hace reflexión sobre esta apariencia, conoce el error de la fantasía y que no es la playa la que se aparta, sino la nave, pero, no por eso, deja esta imagen de parecer directamente verdadera a la fantasía. Parece asimismo que el sol sale del mar y se esconde en él; de donde los poetas han sacado las comunes expresiones de decir que el sol se baña en las ondas y que va a sumergirse en el océano y otras semejantes. Mas, aunque estas imágenes sean directamente falsas, no por eso destruyen el fundamento principal de la belleza poética, que es la verdad real y existente o probable y verosímil; porque ya contienen una verdad verosímil a la fantasía y su falsedad exterior no es la que aborrece nuestro entendimiento, porque no mira a engañarle o hacerle creer lo falso. Siendo así que cuando un poeta dice que el sol baña ya en las ondas del océano sus rubios cabellos, no pretende engañarnos, sino solamente decirnos que anochece, lo cual es una verdad real, aunque el poeta la expresa de aquel modo que la ha imaginado y concebido su fantasía. Si se examinan con la misma norma todas las demás imágenes fantásticas, hechas como se debe, se hallará que su falsedad exterior y directa no mira a inducirnos a error y a creer lo falso. Lo mismo debe decirse cuando los poetas atribuyen afectos y sentidos humanos a los brutos, a las plantas, a las peñas, como cuando dijo Virgilio que los leones, los montes y las selvas habían sentido la muerte de Dafnis:


    Daphni, tuum poenos etiam ingernuisse leones
interitum, montesque feri, sylvaeque loquuntur.



No quería el poeta imponernos en creer que los montes, las selvas y los leones habían verdaderamente sentido la muerte de Dafnis, sino sólo que a su fantasía, turbada de dolor, lo parecía así; y quería manifestarnos su sentimiento, el cual se colige que había de ser a proporción muy grande, pues los montes y las fieras gemían por la muerte de aquel pastor. Si otro poeta dice que sus suspiros vuelan al objeto amado, tampoco quiere hacernos creer que sus suspiros tengan verdaderamente cuerpo y alas y que verdaderamente vuelen; su intención sólo es declararnos su pasión vehemente, que turbando y conmoviendo su fantasía le hace parecer o desear que sus suspiros vuelen. El entendimiento bien conoce la directa falsedad de semejantes imágenes; pero, como ya por ellas comprende alguna verdad o cierta o probable, da licencia a la fantasía de formularlas y de encubrir con este disfraz los pensamientos del alma. Concurre también en esto la imaginación del lector, que recibiendo singular placer de aquellas apariencias y objetos tan nuevos y extraños, hace que el entendimiento las apruebe, mayormente siendo ya bastante pretexto para esta aprobación la verdad probable, verosímil o indirecta, que es objeto proporcionado a su gusto y que debajo de aquel disfraz se esconde.

Estas imágenes a veces consisten en una sola palabra, como son las metáforas; a veces se extienden a un período y a un sentido entero, como las alegorías y las hipérboles, a veces toman más cuerpo y se dilatan en pequeños poemas, como los apólogos, las parábolas y las fábulas y demás ficciones poéticas. Todas estas imágenes, como ya he dicho, han de ser verdaderas o verosímiles, indirectamente al entendimiento, y directamente verdaderas o, a lo menos, verosímiles a la fantasía. Dos causas señala Muratori77 por las cuales semejantes imágenes parecen verdaderas o verosímiles a la fantasía, es a saber: los sentidos y los afectos. Por causa de los sentidos parecen verdaderas o verosímiles a la fantasía las metáforas. Los sentidos corporales y, especialmente la vista, representan las imágenes de los objetos a la fantasía, tales cuales las reciben; y esta potencia, como no tiene a su cargo el examinar la esencia verdadera de las cosas, las cree tales como parecen a los sentidos. Un remo que esté en parte metido dentro del agua parece a la vista, por la refracción de los rayos visuales, partido o torcido; la cumbre de un monte muy elevado parece que toca al cielo, porque no es perceptible a la vista la distancia que hay desde la cumbre al ciclo, por ser muy agudo e insensible el ángulo de los rayos visuales que la representan; un caballo que corre con mucha ligereza, parece que vuela, porque a la vista es casi insensible la diferencia que hay de una carrera muy veloz a un vuelo. La verdad, la conveniencia y la necesidad de estas expresiones fantásticas es tan conocida y notoria, que no sólo la poesía, sino también la prosa misma se vale de ellas sin tropiezo y con aplauso. Un orador o un historiador, no hallando entre los términos propios uno que exprima un pensamiento con toda la viveza y fuerza que desea, recurre a estas imágenes, y tomando de otra clase de objetos como prestado otro término, explica con él mucho mejor lo que no hubiera explicado con cualquiera de los términos propios. Hasta la conversación familiar admite a veces esta especie de imágenes y se adorna y hermosea con ellas. Por causa de los afectos y de las pasiones parecen también verdaderas o verosímiles a la fantasía las alegorías, los hipérboles y otras imágenes semejantes. Es evidente que las pasiones, ofuscando la razón y turbando el discurso, representan los objetos muy alterados y diversos de lo que son en sí, los abultan y engrandecen, los deprimen y disminuyen. Fácilmente se cree lo que se desea: un enamorado que desea que sus suspiros sean oídos de su dama ausente no tendrá mucho que vencer en su imaginación para que esta potencia se figure allá dentro el vuelo de un suspiro. Y como el mismo galán se tendría por muy dichoso de verse rendido a los pies de su dama, con la misma facilidad imagina que las flores del campo codicien esa misma dicha. Por eso dijo Petrarca en uno de sus sonetos:


    La yerba y flores que, con mil matices,
bordan el suelo junto a aquella encina,
ruegan que el bello pie las huelle y toque.



Y Francisco de Borja, príncipe de Esquilache, dijo asimismo en una de sus églogas:


    ¿Qué puedo hacer, pastores?
Aconsejadme, fuentes, selvas, prados.
¿He de morir de amores?
Mas, ¿qué podéis decir, si enamorados,
cuando Fílida os pisa,
vertéis las flores y dobláis la risa?



Un objeto mirado con amor parece mayor, más noble y más hermoso de lo que es; se le atribuyen prendas y virtudes que no tiene, y aquellas que tiene parecen a la fantasía de quien le ama más elevadas, más raras y maravillosas de lo que son. Al contrario, un objeto mirado con odio, con ira, con temor o con sobresalto, se ofrece a la fantasía más dañoso de lo que es, más terrible, más peligroso, etc. De aquí nacen las exageraciones o hipérboles y otras muchas imágenes fantásticas. La pasión hacía imaginar a Garcilaso el resplandor de los ojos de su dama mayor que el del sol, y encareciendo su belleza, decía en la Canción 4:


    Los ojos, cuya lumbre bien pudiera
tornar clara la noche tenebrosa
y escurecer el sol a medio día.



El temor hacía exagerar a Ovidio que las olas del mar ya eran montes de agua que tocaban las estrellas, ya hondos valles, cuya sima parecía que bajaba hasta el abismo. De esta manera las pasiones abultan, como decíamos, los objetos, los engrandecen y mejoran, o tal vez los empeoran y disminuyen representándolos a la imaginación muy alterados y diversos de lo que son.

Pero de todas las pasiones, la más querida de los poetas y la más frecuente en sus obras, es el amor, ya sea porque es la pasión más grata y más conforme a nuestra naturaleza, ya sea porque el uso o el abuso de casi todos los poetas de todas las naciones la ha introducido y establecido como moda en los versos. Aunque no deja de ser verdad innegable que se puede hacer perfectos versos sin tratar en ellos de amores profanos, como lo prueban tantos excelentes poetas que, sin recurrir a semejante asunto, han escrito poemas de cabal perfección. Pero, como quiera que esto sea, no hay duda que esta pasión ha hecho concebir a los poetas enamorados un número infinito de bellísimas imágenes fantásticas. Primeramente los gentiles no sólo le atribuyeron cuerpo y alma, como a las demás pasiones, pero observando su gran poder y admirando los efectos de su violencia, le atribuyeron la divinidad, imaginando al amor como una deidad vencedora incontrastable de hombres y dioses. Formada una vez esta imagen y recibida y continuada después por todos los poetas, no como verdad, que eso entre los cristianos no era dable, sino como imitación de los antiguos, se formaron después otras muchas imágenes, con las cuales la fantasía de los poetas ha querido explicar figuradamente en diversos modos, los varios efectos y accidentes de esta pasión. Por ejemplo, Tibulo, para expresar el grande incendio en que se abrasaba a los ojos de su Lesbia, dice que en ellos encendía amor sus dos hachas cuando quería abrasar a los dioses:


    Illius ex oculis, cum vult exurere divos,
accendit geminas lampadas acer amor.



Con esta imagen bien da a entender cuánto y cuán activo fuego debían de haber encendido en su pecho aquellos ojos, que le prestaban al mismo amor para abrasar otros pechos que entonces se suponían divinos. El mismo Tibulo imaginaba que, pues Lesbia se había ido a la aldea, ninguno debía ya quedarse en la ciudad, y que hasta los dioses mismos trocarían por el campo sus moradas celestiales. De esta suerte discurría con su enamorada fantasía en aquella elegía incomparable, que tradujo con singular elegancia y gracia el célebre y excelente poeta Fray Luis de León:


    Al campo va mi amor, y va a la aldea:
el hombre que morada un punto solo
hiciere en la ciudad, maldito sea.
    La mesma Venus deja el alto polo
y a los campos se va, y el dios Cupido
se torna labrador por esto solo.



El famoso Petrarca, de quien la reina Cristina de Suecia dijo que era igualmente grande en lo filósofo y en lo enamorado, hermoseó en extremo sus poesías con innumerables imágenes fantásticas. Ya imagina que amor, por vengarse de su primera resistencia, le hiriese a traición, ya que amor iba a su lado razonando de su pasión, ya convida a amor a contemplar las glorias y maravillas de Laura, y otras muchas imágenes de este género. A imitación de éstas formó Camõens aquella vivísima y sumamente expresiva imagen de la fragua de amor en la est, 31, cant. 9 de sus Lusiadas:


    Nas fragoas immortais onde forjavam
pera as settas as pontas penetrantes,
por lenha coraçoens ardendo estavam,
vivas entranhas inda palpitantes.
As aguas, onde os ferros temperavam
lagrimas são de miseros amantes:
a viva flamma, o nunca morto lume
desejo é só que queima e não consume.



De la misma manera imaginan otros poetas que amor tenga su habitación y su trono en dos bellos ojos, y que desde allí acechando hiera y mate; y Anacreonte, dando mayor extensión a una alegórica imagen, fingió en una de sus dulcísimas canciones78 que a media noche llamó amor a su puerta, rogándole que le recogiese en su casa, a donde venía a guarecerse de los rigores de una noche lluviosa. Recibió el incauto Anacreonte a este ingrato huésped, el cual le pagó este beneficio con una herida y se le despidió con este chiste:


    Alegraos, huésped mío,
que el arco está sin lesión,
mas no vuestro corazón.



Con la misma libertad con que la fantasía de los antiguos poetas dio alma y cuerpo a una pasión como el amor hasta hacerla deidad, animó también las demás pasiones y otros objetos inanimados. Esta libertad de la fantasía poética es la que hace que Marte discurra furibundo por uno y otro campo de batalla, seguido de las tres furias, incitando las haces al estrago y a la venganza; que la discordia hostigue los corazones y perturbe la paz de los reinos; que el furor, dentro del templo de la guerra, sentado sobre un montón de armas y atado las manos atrás con cien cadenas de hierro, brame rabioso y despechado:


    ...Furor impius intus
saeva sedens super arma, et centum vinctus ahenis
post tergum nodis, fremet horridus ore cruento.



Finalmente, la ira, el temor, los celos, la esperanza, la gloria y todo lo demás recibe alma y cuerpo y movimiento en la fantasía de un poeta.

Habiendo dado alma y cuerpo, y aún divinidad, a las pasiones, fue fácil hacer lo mismo con otras cosas inanimadas. Los poetas gentiles, ya por explicar con tales imágenes alguna causa física, ya por alguna otra razón, dieron alma y cuerpo humano a los ríos, imaginando en cada río un dios de aquellos que los romanos llamaron Indigetes, señalándole como familia suya todas las ninfas que se fingían nacidas y criadas dentro de aquel río y moradoras de sus cristalinos palacios. Y asimismo en el mar imaginaron la diosa Tetis con sus damas marinas, que llamaron Nereidas por hijas de Nereo; imaginaron también un cierto Proteo, pastor del ganado marino, y glaucos, tritones y sirenas; para los montes, bosques, prados y fuentes fingieron también ninfas oréadas, napeas, dríadas, hamadríadas, sátiros, faunos y silvanos. Los poetas cristianos, aunque reconocen por hijas de la fantasía poética estas fabulosas deidades, no por eso dejan de seguir e imitar semejantes fábulas y fantasías de los gentiles, sirviéndose de tales imágenes, o por imitar a los antiguos poetas y usar una misma locución, o por adornar con ellas sus versos y explicar con más galas y viveza sus pensamientos. Así Garcilaso llamaba las ninfas de un río a escuchar sus quejas en aquel soneto:


    Hermosas ninfas, que en el río metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas,
y en las colunas de vidrio sostenidas, etc.



Y en la Égloga segunda:


    ¡Oh náyades, de aquesta mi ribera
corriente, moradoras! ¡Oh napeas,
guarda del verde bosque verdadera!...
    ¡Oh hermosas oréadas, que teniendo
el gobierno de selvas y montañas
a caza andáis por ellas discurriendo!...
    ¡Oh dríadas, de amor hermoso nido,
dulces y graciosísimas doncellas,
que a la tarde salís de lo escondido!...



Y Lope de Vega Carpio en un soneto:


    Tened piedad de mí, que muero ausente,
hermosas ninfas de este blando río,
que bien os lo merece el llanto mío
con que suelo aumentar vuestra corriente.
    Saca la coronada y blanca frente,
Tormes famoso, a ver mi desvarío...



Camõens adelantó aún más la imitación de los antiguos, pues no sólo introdujo las ninfas de Mondego a llorar la muerte de doña Inés de Castro en el canto 3, est. 135 de sus Lusiadas, pero aún quiso imitar las metamorfosis de los gentiles, inventando, con feliz fantasía, una transformación de las lágrimas de aquellas ninfas en fuente:


   As filhas do Mondego a morte escura
longo tempo chorando memoraram,
e por memoria eterna em fonte pura
as lagrimas choradas transformaram.
O nome lhe poseram, que inda dura,
dos amores, de Ignês, que alli passaram.
Vêde que fresca fonte rega as flores,
que lagrimas saõ agua, e o nome amores.



De esa especie es la fantasía con que el P. Rapin, en su poema (lib. I), imagina poéticamente el origen del ornato y simetría de los jardines, fingiendo que, habiendo concurrido a una fiesta de aldea, entre otros dioses y diosas, Flora, mal compuesta y desaliñada, se le burlaron y la motejaron los alegres zagales. La madre Cibeles, sintiendo el caso, la retiró aparte y le dispuso con ordenado aliño los cabellos, adornándole las sienes con una corona de verde boj, con cuyo adorno empezó a aparecer hermosa. De este suceso tuvo origen después el ornato, disposición y simetría de los jardines:


   Olim tempus erat, cum res hortensis ab arte,
munditiem nullam, nulla ornamenta petebat.
Sape rosam passim permistam agrestibus herbis,
vidisses; nec erant per humum segmenta viarum
digesta in sese et buxo descripta virenti,
prima autem cultum pro se quesivit et artem.
Festa dies aderat; vicini numina ruris,
convenere; ibat pando Silenus asello,
cum satyris, dabat ipse Deus sua vina vocatis.
Adfuit et Cybele Phyrgias celebrata per urbes
ipsaque cum reliquis Flora invitata deabus
venit, inornatis, ut erat neglecta, capillis;
sive fuit fastus, seu fors fiducia formae:
non illi pubes ridendi prompta pepercit,
neglectam risere. Deam Berecynthia mater,
semotam a turba, casum miserata puellae,
exornat, certaque coman sub lege reponit,
et viride im primis buxo (nam buxifer omnis,
undique campus erat) velavit tempora Nimphae,
reddidit is speciem cultus, caepitque videri,
ex illo ut Floram decuit cultura per artem
floribus, ille decor post hac quacsitus et hortis.



Del mismo genero viene a ser la transcripción que imagina el mismo P. Rapin, de una ninfa de Dalmacia en tulipán, y de la ninfa griega Anémona en una flor del mismo nombre. Y de esta especie son también en Fracastoro la fábula de Sífilo, la de Ileo y otros. De esta manera los grandes poetas, con su fecunda y bien arreglada fantasía engrandecen las cosas y las hermosean, imaginando con verosimilitud orígenes y principios maravillosos y grandes de cosas humildes y ordinarias, haciéndolas con la novedad raras y deleitosas.

Sabía, por ejemplo, el P. Ceva que los arcos, las saetas, las espadas, los venenos y las bombas fueron invenciones de los hombres; pero, su feliz fantasía le sugirió un origen más grande, más maravilloso y no inverosímil. Imaginó, pues, que en el ejército infernal79 que marchaba por los campos de Asiria, iba encubriendo la retaguardia uno de los caudillos llamado Dramelech, inventor de los arcos y saetas, seguido de un escuadrón de espíritus inventores de otros abominables instrumentos de muerte:


    Postremo insignis maculosi pellibus hydri,
quadrijugo it curru Dramelech qui proelia prirnus
quique arcus scythicos docuit volucresque sagittas.
Mille repertores secum trahit ille nocentes
qui ferre infandos usus, qui dira venena,
qui pestes morbosque novos, et thessala philtra
atque alia in populos miseros inventa tulere
noxia. Quos sequitur clauditque nigerrimus unus,
vertice demisso, qui seris invehet annis
flammiferas bolides; iam nunc secum ille volutat
triste magisterium flammae, pandasque carinas,
arcanique ignis non evitabile fulmen.



Pero volviendo a las pasiones, que conmueven la fantasía, es menester advertir que no solamente el amor engrandece y altera los objetos en la imaginación, pero lo mismo hacen otras pasiones, como el respeto, la admiración, la amistad y otras semejantes, las cuales si concurren juntas en la fantasía y llegan a conmoverla con vehemencia, causan aquellos arrobos, éxtasis o vuelos con que los grandes poetas se remontan a veces tanto, que casi se pierden de vista. En estos vuelos, en los cuales, como observa el citado Muratori, consiste el verdadero numen y furor poético, contemplando el objeto y asunto de sus composiciones, preocupados de admiración, de respeto, de amistad, de aprecio o de otros afectos, se conmueven y encienden de tal manera con la agitación de la fantasía, que, arrebatados fuera de sí, ya parecen otros hombres y hablan con otro estilo. Siguiendo entonces el rápido vuelo de su conmovida imaginación, suben hasta el cielo, se pasean por lo pasado y lo futuro, entran como en otro mundo, y todo lo que ven y dicen es extraño, grande y maravilloso. Garcilaso, en la Égloga primera, agitado de varios afectos de amor, de dolor, de deseo y de aprecio, deja volar libremente la fantasía y sobre ella se sube al cielo a razonar con su Elisa:


    Divina Elisa, pues agora el cielo
con immortales pies pisas y mides,
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas, y no pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
y en la tercera rueda,
contigo mano a mano,
busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos
do descansar, y siempre pueda verte
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?



Pero no sé yo si se podrá fácilmente hallar otro vuelo de poética fantasía más al caso ni más remontado y noble que el que he leído en una de las canciones de nuestro excelente poeta Lupercio Leonardo de Argensola. Escribe este poeta una canción en alabanza de Felipe II, con la ocasión de las fiestas de la canonización de San Diego, y luego, conmovida y encendida su fantasía por la grandeza del asunto, se remonta como en éxtasis a imaginar la santidad de aquel monarca y sus futuros milagros:


    En estas sacras ceremonias pías,
donde tu gran piedad, Filipo Augusto,
con admirables rayos resplandece,
verás, como dejando el cetro justo
después de largos y felices días,
al nuevo trono que a tu sombra crece,
nuestra madre Santísima te ofrece
los mismos cultos y la misma palma
que ya nos muestra como en cierta idea:
que tal quiere que sea
la gloria entonces de tu cuerpo y alma,
y que al inmenso templo que edificas
al gran Levita, que en ardiente llama
examinó la de su amor divino,
ha de venir gozoso el peregrino,
no sólo convidado de su fama
por contemplar las aras de oro ricas,
sino por ver si a su dolencia aplicas,
saludable remedio desde el cielo,
como lo das a todos en el suelo.



Vuela después con la misma fantasía a especificar las virtudes particulares de aquel rey, la justicia, la clemencia, el valor, la prudencia, la política, y, confusa entre tantas virtudes, su imaginación duda por cuál de ellas será invocado de los hombres:


    Mas, ¿de cuál de tus hechos soberanos
te daremos entonces apellido?
¿Si lucirá la espada rigurosa?
¿O retorcido en torno la hermosa
cabeza tendrá el olivo sacro
sus hojas en tu altivo simulacro?
¿O si cuando la trompa horrible diere
señal en los ejércitos, y tienda
la roja cruz el viento en las banderas,
y de la muerte la visión horrenda
envuelta en humo y polvo discurriere
por medio las escuadras y armas fieras,
tu nombre ha de sonar en las primeras
voces que diere la española gente,
pidiendo por tu medio la victoria?
¿O si querrás la gloria
de ser en los concilios presidente,
donde se trata del gobierno humano,
del cual nos dejas singular ejemplo?
¿O si será más propio que el piloto
cuando luchare con el Euro y el Noto,
prometa ronco visitar tu templo,
y allí colgar las velas por su mano?
¿O que en tu protección el rubio grano
envuelva el labrador, y te suplique
que por tu ruego Dios lo multiplique?
Primero vivirás felices años...



Así, los poetas maestros, concibiendo con arte los afectos propios de su asunto, se remontan en alas de su fantasía a la más alta región, sin riesgo de caer despeñados; porque, por más que se alejen de nuestra vista, siempre van guiados del juicio, asistidos y regidos del arte y de la prudencia, cuyos consejos y órdenes siguen y obedecen en lo más rápido de sus vuelos. Al contrario, los malos poetas, entregándose totalmente al arbitrio de su desordenada imaginación y corriendo descaminados a rienda suelta sin arte y sin guía, fácilmente caen en aquellos precipicios que es ya tiempo de advertir en un capítulo aparte.


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