En resumen: Guiomar Carrillo, Elena de Zúñiga y Beatriz de Sá son los nombres femeninos significativos en la vida y obra de Garcilaso de la Vega. Pero se nos impone a la par otra conclusión esencial, que enlaza con los supuestos de que partimos para esta investigación. Un nuevo indicio de la verdad, de la realidad, de las conexiones que hemos establecido entre personas, situaciones y sucesos de este mundo y sus trasuntos en el verso de Garcilaso se nos brinda, por contraste, en la obra poética de sus contemporáneos. No pocas veces se nos caen de las manos los sonetos, églogas y canciones de Cetina, Francisco de la Torre, Figueroa y aun Herrera porque están poblados de pastoras y corderitos que tienen más de figuras de porcelana que de seres vivientes, y el diálogo petrarquista que esos poetas mantienen con su señora parece a menudo modelado sobre los silogismos de la filosofía escolástica. En cambio, Garcilaso hace sus versos para reflexionar sobre los avatares de su propia realidad íntima. Son órdenes de existencia completamente diferentes, mas hay tanta realidad humana en los versos amorosos de Garcilaso como en su compasivo soneto sobre el perro triste que «suelta el llanto al cielo» por haberle abandonado su amo (Morros, 61), o como en el cuadro de la contemplación rústica que nos pinta fray Luis de León en sus liras sobre la Vida retirada. Para el siglo XVIII Garcilaso y fray Luis fueron los dos poetas modelo, por antonomasia. Me atrevo a afirmar que la razón de esta preferencia era la insistencia del siglo de la Ilustración en la realidad. No se olvide que en su prosa y en su verso, esa centuria nos legó técnicas de la observación detenida y la descripción detallista sin las cuales no habría habido costumbrismo decimonónico ni movimiento realista.
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