Un reduccionismo es un simplismo que —digamos, parafraseando a Leibniz—, si acierta en lo que afirma, yerra por lo que niega
Un reduccionismo es un simplismo que —digamos, parafraseando a Leibniz—, si acierta en lo que afirma, yerra por lo que niega. (Rafael Serrano)
[...] hay una enorme diferencia entre las religiones que exigen el sacrificio de uno mismo y las que —como la de los aztecas— exigen sacrificar a otros. Si hay en la historia religiosa de la humanidad algo que pueda llamarse progreso, es la gradual preferencia por uno mismo en vez del otro como víctima primaria del sacrificio. Precisamente en esto funda el cristianismo su pretensión de superioridad moral.
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Freud no da una verdadera explicación causal del tabú
del incesto, sino que más bien lo reinterpreta como parte de una
estrategia racional, aunque seguida por el inconsciente. Para hacer
funcionar su explicación, Freud tiene que inventar una entidad, el
inconsciente, de cuya existencia no tenemos más indicios, o solo
indicios que vienen de otras pseudoexplicaciones del mismo tipo.
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Pensemos lo que pensemos al respecto,
debemos reconocer que la psicología evolutiva no puede dar una
visión completa ni de nuestros estados mentales, ni del universo
representado en ellos. La misma teoría de la evolución es una teoría
científica. Tenemos razones para creerla solo porque confiamos en
que la objetividad de nuestro pensamiento no es un subproducto
accidental del proceso evolutivo, sino una guía imparcial para
explorar la realidad, cuyas credenciales no se reducen a sus ventajas
adaptativas. La teoría de la evolución puede parecer que ofrece una
perspectiva externa de la ciencia. Pero está escrita en el lenguaje de
la ciencia. Si la teoría realmente ofreciera una perspectiva externa,
entonces cabría que hubiese llegado a la conclusión de que las
creencias falsas son más útiles para sobrevivir que las verdaderas, y
por tanto que todas nuestras creencias son probablemente falsas. Pero, entonces, ¿qué pasaría con la teoría que así dice? Si es
verdadera, probablemente es falsa. En otras palabras, si intentamos
dar la preeminencia al naturalismo por esta vía, nos topamos con
una versión de la paradoja del mentiroso, un obstáculo ante el que
solo cabe una reacción: ¡vuelta atrás!
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En este momento, es útil consignar una protesta contra lo que
Mary Midgley llama “nadamasqueísmo” [“nothing buttery”]. Se ha
extendido el hábito de declarar que las realidades emergentes no
son “nada más que” [“nothing but”] las cosas en que las percibimos.
La persona humana no es “nada más que” el animal humano; la ley
no es “nada más que” relaciones de poder social; el amor sexual no
es “nada más que” el impulso de reproducción; el altruismo no es
“nada más que” la estrategia genética dominante descrita por
Maynard Smith; la Mona Lisa no es “nada más que” unos
pigmentos extendidos sobre un lienzo; la Novena Sinfonía no es
“nada más que” una secuencia de notas con diversos timbres.
Etcétera. Desprenderse de este hábito es, a mi juicio, el verdadero
fin de la filosofía. Y si nos libramos de él con respecto a las cosas
pequeñas —sinfonías, pinturas, personas—, podemos librarnos
también con respecto a las grandes, sobre todo con respecto al
mundo en su totalidad. Y entonces podríamos concluir que tan
absurdo es decir que el mundo no es más que el orden de la
naturaleza, según lo describe la física, como decir que la Mona Lisa
no es más que un lienzo embadurnado de pigmentos. Sacar esa
conclusión es el primer paso en la busca de Dios.

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