El Estado se inmiscuye en todo; lo acapara todo y es dueño, en parte, de la vida de cada individuo

 Kipling empezó escribiendo cuentos de apariencia sencilla pero tremendamente complejos; tan complejos como la misma realidad. No obstante, él hacía todo lo posible por ser sencillo. Todo lo contrario de lo que sucede con muchos escritores de nuestros días, que son espantosamente simples, pero quieren parecer complejos.




...la nostalgia es, quizá, la posesión más íntima de la inmediatez. Poseemos lo que perdemos; ese es el encanto que tiene el pasado. El presente carece de ese encanto. Yo creo que el pasado es una de las formas más bellas de lo perdido. [,,,] Acaso toda evocación sea una forma de recuperar el pasado. Mastronardi invoca lugares y nombra al amor y a la amistad, y en ese manantial abreva su pasado. [...] Siempre sugerir es más eficaz que decir. Por ejemplo, Virgilio pudo haber dicho Troya fue destruida, pero dijo simplemente: Troya fuit, Troya fue; y eso tiene más fuerza.

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A.: Borges, ¿qué es para usted la poesía? ¿Cómo la definiría? B.: Creo que la poesía es algo tan íntimo, algo tan esencial que no puede ser definido sin diluirse. Sería como tratar de definir el color amarillo, el amor, la caída de las hojas en el otoño… Yo no sé cómo podemos definir las cosas esenciales. Se me ocurre que la única definición posible sería la de Platón, precisamente porque no es una definición, sino porque es un hecho poético. Cuando él habla de la poesía dice: «Esa cosa liviana, alada y sagrada». Eso, creo, puede definir, en cierta forma, a la poesía, ya que no la define de un modo rígido, sino que ofrece a la imaginación esa imagen de un ángel o de un pájaro.

A.: ¿O sea que al compartir la definición que da Platón, usted aceptaría la idea de que la poesía es, ante todo, el hecho estético? B.: Sí. Yo sigo pensando que la poesía es el hecho estético: es decir, que la poesía no es un poema. Porque qué es un poema: es tal vez solo una serie de símbolos. La poesía, yo creo, es el hecho poético que se produjo cuando el poeta lo escribió, cuando el lector lo lee, y siempre se produce de un modo ligeramente distinto. Cuando eso sucede, a mí me parece que lo percibimos. La poesía es un hecho mágico, misterioso, inexplicable, aunque no incomprensible. Si no se siente el hecho poético cuando se la lee, quiere decir que el poeta ha fracasado.

A.: Bueno, también puede fracasar el lector, ¿no le parece? 

B.: Ah, sí, eso sucede a menudo y es lo más común. 

B.: Por supuesto. Primero sentimos la emoción y después la explicamos o tratamos de explicarla. Al mismo tiempo, para sentir esa emoción es necesario que uno sienta que corresponde a una emoción. Es decir, si leemos un poema como un juego verbal, la poesía fracasa; lo mismo si pensamos que la poesía es solo un juego de palabras. Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía. La materia de la poesía —si es lícito que usemos esta metáfora— vendría a ser la emoción. Y esa emoción tiene que ser compartida por el lector.

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A.: Una de las más hermosas definiciones del hecho estético le pertenece a usted, Borges. En un ensayo suyo se lee: «El hecho estético es la inminencia de una revelación que no se produce». B.: Ah, sí yo dije eso, es verdad. Ciertos crepúsculos, ciertos amaneceres, algunas caras trabajadas por el tiempo, están a punto de revelarnos algo, y esta inminencia de la revelación que no se produce, es para mí, el hecho estético. Ahora, el propio lenguaje es también de por sí una creación estética. Creo que no hay ninguna duda en ello; una prueba es que cuando estudiamos un idioma, cuando estamos obligados a ver las palabras de cerca, a verlas con lupa, las sentimos hermosas o no. Con la lengua materna no ocurre esto, ya que vemos y sentimos a las palabras ligadas al discurso.

A.: Usted ha dicho también que las metáforas existen desde siempre. ¿Podría ampliar ese concepto, Borges? B.: Sí, como no. Yo creo que las metáforas si son verdaderas existen desde siempre, no creo que sea fácil inventarlas o descubrir afinidades que no hayan sido previstas ya. Pero podemos decirlas con una entonación distinta. Yo alguna vez pensé reducir todas las metáforas a cinco o seis que me parece son las esenciales.

A.: ¿Cuáles serían esas metáforas? B.: Bueno, el tiempo y el río, el vivir y el soñar, la muerte y el dormir, las estrellas y los ojos, las flores y las mujeres. Esas serían, creo yo, las metáforas esenciales que se encuentran en todas las literaturas; pero luego hay otras que son metáforas caprichosas. 

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A.: Yo recuerdo ahora, Borges, que Emerson decía que la poesía nace de la poesía. B.: Eso es verdad. No necesariamente debe nacer ante la emoción que nos produce un hecho natural; también puede nacer de algo ya concebido poéticamente que nos emociona.

A.: Sí, y la belleza puede acecharnos de diversas formas. 
B.: Yo creo que sí, que está acechándonos desde todas partes. Si tuviéramos sensibilidad, la sentiríamos así en la poesía de todos los idiomas. Nada tiene de extraño tanta belleza desparramada por el mundo. Mi maestro, el poeta judeoespañol Rafael Cansinos-Asséns, legó una plegaria a Dios, en la que dice: «Oh, Señor, que no haya tanta belleza»; y recuerdo que Browning escribió: «Cuando nos sentimos más seguros ocurre algo, una puesta de sol, el final de un coro de Eurípides, y otra vez estamos perdidos». 

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El Estado se inmiscuye en todo; lo acapara todo y es dueño, en parte, de la vida de cada individuo. En ese sentido creo que hemos llegado al socialismo. Aun en los países más liberales el Estado interviene en todo. Y aquí, usted ve, el Estado es dueño de la mayoría de las empresas, explota todas las riquezas naturales… Las cosas se van agravando día a día en este país. Es un país dominado por el Estado.

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Las elecciones son siempre peligrosas, ya que no triunfa el más apto, el que tiene un programa más coherente, sino aquellos que se muestran más demagógicos. 

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A.: Usted cita en su ensayo las palabras de Bernard Shaw, cuando le preguntaron si en verdad creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia, y él contestó: «Todo libro que vale la pena ser releído ha sido escrito por el espíritu». B.: Ah, sí. Eso yo lo comparto totalmente, ya que un libro va más allá de la intención del autor. El Quijote, por ejemplo, es algo más que un simple libro de caballería o que una sátira del género. Es un texto absoluto donde no interviene para nada el azar. De manera que la intención del autor es una pobre cosa humana, una cosa falible. En el libro —en todo libro— es necesario que haya una cosa más, que, en todos los casos, es siempre misteriosa. Cuando uno lee un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo transcurrido desde el día en que fue escrito hasta nuestros días. Un libro puede estar lleno de erratas, podemos rechazar las opiniones de su autor, no estar de acuerdo con él, pero siempre conserva algo sagrado, algo inmortal, algo mágico que produce felicidad. Yo, contrariamente a lo que pensaba Macedonio Fernández, que aseguraba que la belleza era algo exclusivo, o privativo de ciertos elegidos, creo que la belleza puede encontrarse en todas las cosas. Es muy raro, por ejemplo, que en un libro de un poeta tailandés (yo no conozco nada de la literatura de ese país) no encontremos una línea que nos deslumbre.

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Esa es, sin duda, la virtud de todo lo bueno: ser siempre reciente.

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...el nacionalismo es un mal de nuestra época. Los estoicos amonedaron en la antigüedad una palabra de la cual me parece, aún no somos dignos: me refiero a la palabra cosmopolitismo. Yo pienso que debemos ser ciudadanos del mundo, o como traduciría Goethe esa palabra werldburger, que es la misma idea. [...] Ahora yo creo que si nosotros pudiéramos pensar en ser ciudadanos del mundo, o patriots to heaven como usted recordó a través de la expresión de Melville, todo sería mejor en el planeta. Los hombres vivimos insistiendo demasiado en nuestras pequeñas diferencias, en nuestros rencores y eso no está bien. Si hay algo que puede salvar a la humanidad son las afinidades, los puntos de coincidencia que nos unen a los demás hombres, y evitar, por todos los medios, de acentuar las diferencias.

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A.: Discúlpeme por hacerle esta pregunta, Borges. ¿Qué es para usted la ceguera? B.: Y, ahora es un modo de vida, un modo de vida que no es enteramente desdichado. Un escritor, y yo creo que en general todo hombre debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento. Todas las cosas nos han sido dadas para un fin y esto un artista lo debe sentir con más intensidad. Todo lo que nos ocurre, incluso las humillaciones, las desventuras, los bochornos, todo nos es dado como material, o como arcilla, para que modelemos nuestro arte.

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