Saber es arduo, precisa esfuerzo y tiempo. Nada relevante se sabe de inmediato: una persona, una ciudad, un país, una ciencia se conocen tras largos años de trato. Pensar que la llamada inteligencia artificial elimina la mediatez del conocimiento es una quimera. La IA proporciona información instrumental que no puede sustituir la sindéresis y que no reemplaza el tiempo en los saberes prudenciales: los principales de la vida humana. La IA puede resumir con brillantez las novelas de Galdós. Jamás sustituirá la lectura de Galdós, pues no conoce, de verdad, a Galdós quien no lo ha leído.
El camino de la sabiduría exige
escucha (no es imprescindible leer para ser sabio) o lectura. Y leer es subir
al monte de la abstracción desde el valle de la imagen. Los profesores
comprobamos todos los días que 1) muchos alumnos leen con dificultad; 2) es
difícil entender lo que se lee; 3) abundan los estudiantes (y los no
estudiantes) que se ahorran el esfuerzo en entender lo que se lee. El resultado
es que habitualmente nos nutrimos de enunciados simples (comentarios de café o
de ascensor, titulares de prensa, mensajes de las redes sociales) y por tanto
vivimos en el ámbito de la opinión y no en el del conocimiento. Lo malo, como
indicó Ortega en La rebelión de las masas, es que opinamos (información
superficial) como si supiéramos (conocimiento profundo). Solemos habitar en la
confusión, de la que es más difícil salir, dice Bacon, que del error.
La IA proporciona síntesis plausibles
en un plazo de tiempo mínimo. Pero si lo que se indaga es relevante, hay que examinar
el dictamen de la IA, y sopesar sus fuentes. Contratar o despedir a alguien con
el solo informe de la IA sin un proceso de reflexión, no solo es necio, sino
también injusto. Qué decir de hacer la guerra guiado solo por la IA. Aquí la
necedad y la injusticia adquieren proporciones inéditas.
La IA, bien usada, puede ser muy útil.
La IA, mal usada, es perniciosa. Y habida cuenta de la adicción del ciudadano
medio al móvil, atisbo que usar la IA con sensatez debe ser complicado.
La mediatez del pensamiento debe
gobernar la inmediatez de la máquina. Como escribí en Elogio del libro de
papel (2015): “Pensar es, pensare: pesar, sopesar. Y no cabe pesar
innúmeros objetos en un continuo aumento y movimiento que solo permiten el
depósito en un almacén cuyo tamaño obstaculiza la digestión. La recolección se
transforma en un nuevo placer. Los bienes digitales proveen la ilusión de cuasi
infinitas posesiones. Conocer es también agrupar lo disperso: en latín, cogitare;
cum-agitare: atraer lo alejado hasta el centro: empeño quimérico si los datos
son incontables, pues el sujeto se fragmenta entre ellos, y pasa de abductor a
abducido. El exceso de datos es superfluo, colapsa; la inabarcable información
detiene el conocimiento; el cerebro humano se convierte en la prolongación de
una computadora: un disco duro externo del ordenador, y este, en su fuente de
estimulación”.
A mi parecer, la IA puede ser útil
cuando se conoce aquello para lo que se está consultando, es decir, cuando se
puede dialogar con ella con conocimiento de causa. En mi caso, la IA me ha
ayudado a traducir latín. Unas veces su intuición me ha resuelto un problema.
Otras veces mi intuición ha superado un escollo que la IA no sabía resolver.
Ahora bien, no voy a acudir a la IA para cuestiones de física atómica, por dos
razones: 1) no puedo evaluar hasta qué punto lo que me ofrece es una síntesis
genial o un completo disparate; 2) tampoco puedo evaluar sus fuentes sobre dicho
tema, pues las desconozco.
La sabiduría tiene mucho que ver con
los maestros. Platón tuvo como maestro a Sócrates; Aristóteles a Platón; Santo
Tomás de Aquino a San Alberto Magno. Yo también he tenido mis maestros: Highet
para tradición clásica; Grimal para cultura romana; Kristeller para
Renacimiento; Close para Cervantes; Steiner para crítica literaria… Los
maestros no son perfectos, pero sí fuente de sabiduría. Desde luego no se puede
aspirar a ser sabio a base de refritos estadísticos de la IA. Si la IA me da a
conocer a un sabio, bendita sea, pero luego leeré y estudiaré directamente al
sabio.
La sabiduría es más ética que
estadística. ¿Sánchez Albornoz o Américo Castro? Es una decisión científica,
pero también ética. Hay que valorar lo que los autores dicen y lo que callan.
Hay que intuir la honestidad y el compromiso con la verdad del autor. Y eso,
amigo mío, no lo hace una máquina. Ahora en la universidad hay un curioso modo
de valorar una publicación: se examina dónde se ha publicado y cuántos la han
citado, pero no se lee el trabajo. Es decir, se aplican criterios
bibliométricos que “ahorran” el “engorro” de leer el texto. Un completo
disparate. En una comisión de evaluación de un currículo un catedrático comentó
“es muy delgado el libro”, como diciendo… Con ese criterio, la Poética
de Aristóteles no habría pasado el filtro.
La IA es instrumental. Puede ahorrar
mucho tiempo en tareas secundarias. Siempre necesita revisión. En humanidades
puede ser orientativa, nunca esencial. En humanidades no hay discursos
unívocos. Una IA puede hacer un buen comentario de un poema. Pero hay otros 20
buenos comentarios de ese mismo poema. No existe “el” comentario. A última
hora, cada estudioso, con su perpectiva propia, con su formación, logra forjar
un comentario diferente. La IA es capaz de elaborar un interesante “estado de
la cuestión” sobre algún tema. Pero solo si soy experto en ese argumento podré
saber si están todos los que son o son todos los que están. Me puede introducir
en una revisión bibliográfica, pero no consigue ahorrarme el estudio de esos
autores. Alcanza a resumirme un artículo, un libro… Pero ¿alguien piensa que es
lo mismo leer un libro que un resumen?
Pensar y amar es lo que nos hace
humanos. Pensar y amar es lo que más satisfacciones nos puede dar en la vida.
Una satisfacción que va más allá de la alegría del animal sano. Lo que no se
piensa no se posee, no se incorpora a nuestra mente. ¿Y para qué aprendemos,
para la escuela, o para la vida, como quería Séneca?
El proceso de la sabiduría, el
abandono de la caverna de las apariencias, la búsqueda de la verdad quedan
intactos en la era de la IA. Hay que recorrer el mismo camino que recorrieron
Platón, Aristóteles o San Agustín. No
hay otro.
Antonio Barnés
Doctor en
Filología
y profesor de
literatura española
Universidad
Complutense

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