los dos movimientos que en el siglo XVIII
transforman la concepción del arte, la asimilación del creador a un dios que
fabrica un microcosmos y la asimilación de la obra a un objeto de pura
contemplación, ilustran la progresiva secularización del mundo en Europa y
a su vez contribuyen a una nueva sacralización del arte. En este momento
de la historia el arte encarna a la vez la libertad del creador y su soberanía,
su autosuficiencia y su trascendencia respecto del mundo. Cada uno de los
movimientos consolida el otro. La belleza se define como aquello que, en el
plano funcional, no tiene un fin práctico, y a la vez como aquello que, en el
plano estructural, se organiza con el rigor de un cosmos. La ausencia de
finalidad externa queda en cierta medida compensada por la densidad de las
finalidades internas, es decir, de las relaciones entre las partes y los
elementos de la obra. Gracias al arte el individuo humano puede alcanzar lo
absoluto.

La literatura puede hacer mucho. Puede tendernos la mano cuando
estamos profundamente deprimidos, conducirnos hacia los seres humanos
que nos rodean, hacernos entender mejor el mundo y ayudarnos a vivir. No
es que sea ante todo una técnica de curación del alma, pero en cualquier
caso, como revelación del mundo, puede también de paso transformarnos a
todos nosotros desde dentro. La literatura puede desempeñar un papel
esencial, pero para ello es preciso tomarla en ese sentido amplio y sólido
que prevaleció en Europa hasta finales del siglo XIX y que está marginado
en la actualidad, cuando lo que triunfa es una concepción absurdamente
limitada. El lector corriente, que sigue buscando en las obras que lee algo
con lo que dar sentido a su vida, tiene razón cuando se enfrenta a los
profesores, críticos y escritores que le dicen que la literatura sólo habla de sí
misma, o que sólo enseña la desesperación. Si no tuviera razón, la lectura
estaría condenada a desaparecer a corto plazo.Como la filosofía, como las ciencias humanas, la literatura es
pensamiento y conocimiento del mundo psicológico y social en el que
vivimos. La realidad que la literatura aspira a entender es sencillamente
(aunque al mismo tiempo nada hay más complejo) la experiencia humana.
Por eso podemos decir que Dante o Cervantes nos enseñan sobre la
condición humana al menos tanto como los más grandes sociólogos y
psicólogos, y que el primer saber y el segundo no son incompatibles.
***
La finalidad
de la literatura es representar la existencia humana, pero la humanidad
incluye también al autor y a su lector. «No puedes abstraerte de esa
contemplación, porque el hombre eres tú, y los hombres son el lector. Por
más que hagas, tu relato es una charla entre tú y él.» El relato está
necesariamente inserto en un diálogo del que los hombres no son sólo el
objeto, sino también los protagonistas.
Sand sabe que Flaubert intenta por encima de todo ser verdadero, aun
cuando la vía que ha elegido pasa por un trabajo encarnizado sobre la
forma, ya que cree en una armonía secreta, en una relación necesaria entre
la forma y el fondo. Éste es su método: «Cuando descubro algo que suena
mal o una repetición en una frase, estoy seguro de que estoy
empantanándome en lo Falso». No es este método lo que molesta a Sand.
Para ella el debate no está en la manera de buscar, sino en la naturaleza de
lo que se encuentra. Los escritores como Flaubert «tienen más estudios y
más talento que yo. Pero creo que les falta, y a ti sobre todo, una visión
firme y amplia de la vida». La imagen de la vida que surge de los libros de
Flaubert no es lo suficientemente verdadera, ya que él es demasiado
sistemático, y por lo tanto monocorde. «Quiero ver al hombre como es. No
es bueno o malo. Es bueno y malo. Pero es algo más, el matiz, el matiz que
para mí es la finalidad del arte.» Y sigue diciendo en la carta siguiente: «La
verdadera realidad es una mezcla de bello y de feo, de oscuro y de
brillante»25. Aquellos a los que en esa época llaman realistas han hecho una
elección que traiciona la realidad, dado que obedecen a una convención
arbitraria que les conmina a representar sólo la cara oscura del mundo. Los
nihilistas traicionan no el Bien, sino lo Verdadero.
***
«Estamos asesinando la
literatura» (retomando el título de un panfleto reciente) no porque en las
escuelas se estudien también textos «no literarios», sino porque
convertimos las obras en simples ilustraciones de una visión formalista, o
nihilista, o solipsista de la literatura.
Como vemos, se trata de una ambición mucho más importante que la
que se propone hoy en día a los alumnos. Por lo demás, los cambios que
implica tendrían consecuencias inmediatas en sus perspectivas. Si el objeto
de la literatura es la propia condición humana, el que la lee y la entiende se
convertirá no en un especialista en análisis literario, sino en alguien que
conoce al ser humano. ¿Qué mejor introducción a la comprensión de las
conductas y las pasiones humanas que sumergirse en la obra de los grandes
escritores que se dedican a esta tarea desde hace miles de años? Y además
¿puede haber mejor preparación para todas las profesiones que se basan en
las relaciones humanas? Si entendemos así la literatura y si orientamos así
la enseñanza, ¿podría encontrar ayuda más valiosa el futuro estudiante de
derecho o de ciencias políticas, el futuro trabajador social o psicoterapeuta,
el historiador o el sociólogo? ¿No es beneficiarse de una enseñanza
excepcional el hecho de tener como profesores a Shakespeare y a Sófocles,
a Dostoyevski y a Proust? ¿Y no nos damos cuenta de que un futuro médico
tendría más que aprender para ejercer su profesión de estos mismos
profesores que de los exámenes de matemáticas, que en la actualidad
determinan su destino? Los estudios literarios encontrarían así su lugar en
las humanidades, junto con la historia de los acontecimientos y de las ideas,
ya que todas estas disciplinas hacen avanzar el pensamiento y se alimentan
tanto de obras como de doctrinas, de acciones políticas y de cambios
sociales, de la vida de los pueblos y de la de los individuos.
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