ἄνθρωπος
Mirar al cielo ha sido siempre un rasgo privativo de los
seres humanos. Un atributo. El cielo le dio conocimiento al hombre, al tiempo
que inquietud. Aquí lo veo ahora, Silvano, negro y centelleante, sobre esta
roca oscura rodeada de mar: tan innitamente lejos, y cercano a la vez;
silencioso, pero lleno de signos; envolvente, vigía, protector. Los antiguos
decían que se llamaba Urano ( Οὐρανός
) porque todo lo cuida y lo ve ( ὁράω
), 475 y a esta maravillosa bóveda estrellada la llamaban, de manera poética,
κύτος ἀστέριον (cavidad
estelar), οὐράνιον κύτος
(cavidad celestial) y κοῖλον
οὐρανού (bóveda celeste).
Yo sospecho que de esta última idea de bóveda expresada por κοῖλον [koilon], 476 nació nuestra
palabra cielo (
Los antiguos a rmaban también que el hombre se llamaba
anthropos porque ‘miraba al cielo’. A decir verdad, los lingüistas de hoy no
han ofrecido aún una propuesta consensuada sobre el origen de la palabra
anthropos, tan fecunda, tan griega y tan huérfana de correlatos en las demás
lenguas; pero los antiguos,
como te digo, especulaban con la idea de que hubiera
derivado de una frase que hablara de atributos inherentes al hombre: la
observación, el logos, la aspiración a lo alto. Anthropos era, pues, « ὁ ἔναρθρον
ἔχων τ ν πα » (‘el que
tiene la voz articulada’), « ὁ
ἀναθρῶν ἅ
πωπεν » (‘el que re exiona sobre lo que ve’), « ὁ
ἀναθρέων » (‘el
indagador’); pero, sobre todo, « ὁ
ἀνω ῥέπων » (‘el que tiende hacia arriba’), « ὁ ἀνω
θρώσκων » (‘el que siente un impulso hacia arriba’), « ὁ ἀνω
πρὸς οὐρανόν ἔχων τ ν βλέψιν » (‘el que vuelve sus ojos al 477
cielo’). En el fondo, Silvano, aun si ninguna de estas conjeturas llegara a
acertar con la etimología de la palabra anthropos, todas en su conjunto
servirían para bosquejar una imagen de lo que parecía de nir al ser humano para
la civilización de los griegos. Una imagen, sin duda, diametralmente opuesta a
la noción de homo, que es un nombre ‘apegado a la tierra’, relacionado 478
íntimamente con el humus— τὸ
χῶμα —, de donde se decía
que el hombre había sido modelado por Hefesto, antes de ser dotado de voz por
designio de Zeus. ¿Sabes? Ahora que me detengo a pensarlo en el amplio silencio
de la noche, homo y anthropos parecen nombrar dos naturalezas fundidas en la
trágica gura del hombre: homo, su terrosa sustancia; anthropos, su vocación de
altura. Su humilde pequeñez y su humilde grandeza. Su afán por dominar la
tierra y su extraña nostalgia del cielo. Impresiona descubrir que esta
desasosegada condición puede ser constatada en el hombre desde los tiempos más
remotos, desde las primeras manifestaciones de pensamiento y civilización. Y,
sin lugar a dudas, la imagen más reveladora en la que constatar tal condición
es la del ser humano contemplando el cielo: ya sea de forma colectiva, como las
minúsculas ranas de Sócrates, ya sea a solas con sus pensamientos, como un
desamparado minotauro que levanta la vista a las estrellas, preso en el
laberinto de este mundo. Creo que es esta imagen del ser humano contemplando el
cielo la que mejor acierta a retratarlo como un ser portador de un extraño
vacío; como un ser incompleto, perplejo, inadaptado, inquieto, interrogante;
consciente de su incapacidad de concebir el todo; frágil; apremiado por la
urgencia de ubicarse en el mundo, y necesitado de creer en un dios al que no
puede comprender.
Creo que, de una forma piadosa, la visión de la noche le
brinda alguna vez a cada ser humano la sensación tremenda de percibirse solo y
único; y de que, sin embargo, hay otro igual a él; y de que ambos son iguales a
todos. Es una sacudida inmensa, una íntima experiencia que nos une. El
inquietante oráculo que Homero recibió para sí por boca de la Pitia podría ser
extrapolado, en realidad, a cada ser humano: «Dichoso e infortunado, pues para
ambas cosas has nacido, buscas una patria». 479 Esa patria, Silvano, creo que
es el sentido. Pero el hombre recibe como don la inquietud, no el sentido. Y
para cultivar esa inquietud tiene el ἀγών
[agón], la acción que más fascinación ha despertado desde siempre en la cultura
de esta tierra: el agón, el esfuerzo que lleva a la consecución de un n, a la
superación consciente de uno mismo. Quizá, en el fondo, lo mejor de nosotros,
todo lo que de bueno hemos logrado solos y como especie—el lenguaje, el amor,
el sufrimiento por el dolor ajeno, la idea de justicia y de vergüenza, la
colaboración, la alegría, la emoción compartida, el esmero, el talento, la
conmoción ante lo bueno, la gratitud o la memoria—, no sea otra cosa que la
huella espasmódica de nuestra aventura como seres en busca de sentido. Todo se
explicaría, entonces, si aceptamos que el don es la inquietud; o, dicho de otro
modo: que lo que la divinidad espera de nosotros no es que encontremos el
sentido, sino que lo busquemos. Extraña conclusión. Extraña criatura, el
hombre. Extraña condición, la suya, y extraño, su destino. No sé, Silvano. No
sé lo que tú piensas. Yo esta noche me quedo con la sonrisa antigua del vino;
me quedo con la idea del agón, con la silente bóveda estrellada, con nuestra
inexplicable nostalgia del cielo.

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