En los estudios de historia moderna no se sopesan en todo su valor las frecuentes y sutiles interacciones entre la literatura y los hechos humanos. Los escritos de ficción no solamente son los registros subjetivos de la experiencia humana sino que a veces son los instigadores inconscientes de las acciones del hombre, al condicionar sus actitudes y sus reacciones. Los productos de la imaginación que a este respecto ejercieron mayor influencia en de terminado tiempo y en determinado lugar, no son siempre las supremas creaciones del genio, sino manifestaciones inferiores de la expresión artística que, por circunstancias especiales, remueven las emociones de sus lectores de un modo más profundo; como resultado de esto, suelen alterar el curso de la historia o modificar las costumbres y los usos de su época. Muy pocos pueden pretender que La cabaña del Tío Tom sea una obra maestra de las letras norteamericanas; pero aun menos podrían negarle una influencia por completo desproporcionada a sus méritos estéticos sobre el pensamiento y los actos del pueblo de los Estados Unidos a mediados del siglo xix. Los efectos que produjo la difundida lectura de las historias de Horatio Alger —cuyo tema por lo general es el pobre que, por su industria y aplicación, llega a millonario— entre los jóvenes de una o dos generaciones anteriores, sobre las concepciones económicas y la filosofía individualista de los negociantes con servadores en los últimos años, constituirían un fructífero tema de investigación. ¿Y quién podría decir hasta qué extremo las no- velitas de a diez centavos sobre Frank Merriwell, el atlético superhombre, contribuyeron a transferir el interés juvenil de ir al Oeste a matar pieles rojas, al tremendo entusiasmo por los deportes que se ha acusado durante las últimas cuatro o cinco décadas? Semejantes escritos apenas pueden llamarse literatura, y sin embargo cautivan a masas de lectores que se encuentran en una edad impresionable, condicionando hasta cierto punto sus hábitos de pensamiento y de conducta. Es posible, entonces, que el conquistador español ofrezca un temprano ejemplo de esta interacción entre lo ficticio y lo real. Su valor y su audacia incomparables no se originaban sólo en su músculo y en su resistencia; mucho tenía que ver su febril fantasía para aguijonearlo sin descanso hacia gestas sin precedente. Algunas de las visiones apasionadas que lo animaban tenían su inspiración en imaginarias utopías, aventuras y riquezas que se describían como alucinantes señuelos en las canciones y en los relatos de su tiempo. Los sueños se materializaron en el nuevo medio de los tipos de imprenta, y estos hombres del Renacimiento español se sintieron capaces de realizar milagros aun mayores que los que ocurrían en las páginas de sus libros.
En los estudios de historia moderna no se sopesan en todo su valor las frecuentes y sutiles interacciones entre la literatura y los hechos humanos. Los escritos de ficción no solamente son los registros subjetivos de la experiencia humana sino que a veces son los instigadores inconscientes de las acciones del hombre, al condicionar sus actitudes y sus reacciones. Los productos de la imaginación que a este respecto ejercieron mayor influencia en de terminado tiempo y en determinado lugar, no son siempre las supremas creaciones del genio, sino manifestaciones inferiores de la expresión artística que, por circunstancias especiales, remueven las emociones de sus lectores de un modo más profundo; como resultado de esto, suelen alterar el curso de la historia o modificar las costumbres y los usos de su época. Muy pocos pueden pretender que La cabaña del Tío Tom sea una obra maestra de las letras norteamericanas; pero aun menos podrían negarle una influencia por completo desproporcionada a sus méritos estéticos sobre el pensamiento y los actos del pueblo de los Estados Unidos a mediados del siglo xix. Los efectos que produjo la difundida lectura de las historias de Horatio Alger —cuyo tema por lo general es el pobre que, por su industria y aplicación, llega a millonario— entre los jóvenes de una o dos generaciones anteriores, sobre las concepciones económicas y la filosofía individualista de los negociantes con servadores en los últimos años, constituirían un fructífero tema de investigación. ¿Y quién podría decir hasta qué extremo las no- velitas de a diez centavos sobre Frank Merriwell, el atlético superhombre, contribuyeron a transferir el interés juvenil de ir al Oeste a matar pieles rojas, al tremendo entusiasmo por los deportes que se ha acusado durante las últimas cuatro o cinco décadas? Semejantes escritos apenas pueden llamarse literatura, y sin embargo cautivan a masas de lectores que se encuentran en una edad impresionable, condicionando hasta cierto punto sus hábitos de pensamiento y de conducta. Es posible, entonces, que el conquistador español ofrezca un temprano ejemplo de esta interacción entre lo ficticio y lo real. Su valor y su audacia incomparables no se originaban sólo en su músculo y en su resistencia; mucho tenía que ver su febril fantasía para aguijonearlo sin descanso hacia gestas sin precedente. Algunas de las visiones apasionadas que lo animaban tenían su inspiración en imaginarias utopías, aventuras y riquezas que se describían como alucinantes señuelos en las canciones y en los relatos de su tiempo. Los sueños se materializaron en el nuevo medio de los tipos de imprenta, y estos hombres del Renacimiento español se sintieron capaces de realizar milagros aun mayores que los que ocurrían en las páginas de sus libros.
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