ha perdido el concepto del hombre como ser hecho a la imagen y semejanza de Dios y lo ha reducido a una parte integrante del universo, a un animal económico o a una “bolsa fisiológica llena de libido psicológica”
[...] está en juego la conciencia del mundo occidental, ya que éste ha perdido el concepto del hombre como ser hecho a la imagen y semejanza de Dios y lo ha reducido a una parte integrante del universo, a un animal económico o a una “bolsa fisiológica llena de libido psicológica”. Cuando el hombre se materializó y atomizó en el pensamiento occidental, fue simplemente natural la aparición de un totalitarismo que reuniera los fragmentos en un nuevo conjunto y sustituyera al hombre individual, aislado de todas las responsabilidades sociales, por el colectivo.
El Comunismo y La Conciencia Occidental - Fulton J. Sheen
La ideología del comunismo surgió de los restos secularizados de una civilización occidental cuya alma fue antaño cristiana. Por lo tanto, el comunismo, como dice Waldemar Gurian, es a un tiempo un “efecto y un juicio” sobre la civilización burguesa occidental.
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Hoy, básicamente, la lucha no se plantea entre el individualismo y el colectivismo, la libre empresa y el socialismo, la democracia y la dictadura. Éstas solo son las manifestaciones superficiales de una lucha más profunda que es moral y espiritual y que plantea más que nada estas interrogantes: ¿Ha de existir el hombre para el Estado o el Estado para el hombre? ¿La libertad la da el espíritu o es una concesión de una sociedad materializada?
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Nada engaña con más certeza a los hombres sobre la naturaleza de la vida que una civilización cuyo cemento de cohesión social consiste en los medios de producción y de consumo.
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En término» más generales, nuestra época presencia el fin del liberalismo histórico. Es peligroso usar el término liberalismo, simplemente porque el espíritu moderno nunca hace distingos. Si el liberalismo implica un sistema para el cual el avance hacia la libertad es el derecho de hacer todo lo que el hombre deba, hay que alentarlo. Si implica un repudio gradual de la ley y la verdad en el sentido de que la libertad implica el derecho de hacer todo lo que el hombre quiera, debe ser condenado. En este último sentido, el liberal se opone al reaccionario, aunque ambos tienen algo en común: nunca ven juntos la permanencia y el cambio. Aceptan lo uno con exclusión de lo otro. El reaccionario se aferra a la permanencia con exclusión del cambio y el liberal al cambio con exclusión de la permanencia. El reaccionario quiere que las cosas sigan siendo como son: el liberal quiere el cambio, aunque poco le importa la orientación. El reaccionario quiere el reloj, pero no el tiempo: el liberal el tiempo, pero no el reloj. El reaccionario cree conveniente quedarse donde esté, aunque nunca pregunta si tiene o no derecho a estar ahí: el liberal, por el contrario, nunca sabe adónde va, sólo se siente seguro de que esté en camino.
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Tenemos, en el mundo, reacciones contra las reacciones, y rebeliones contra las rebeliones; el reaccionario y el liberal forman un vaivén y creen llegar a algo porque suben y bajan o ven su momentáneo triunfo sobre su adversario. Los nuevos liberales están en guerra con los viejos: los nuevos rebeldes, se rebelan contra las viejos rebeldes.
El liberal de hoy será el reaccionario de mañana. Este sedicente liberalismo sólo es una reacción contra el liberalismo novísimo.
Cuando decimos que el liberalismo se está muriendo, no nos referimos ni al liberalismo en el sentido de una adquisición gradual de la libertad racional ni a una deterioración progresiva de los patrones racionales, sino al liberalismo histórico cuyas raíces están en el siglo xvii o antes aún, que en el orden económico se convirtió en
capitalismo, en el orden político en nacionalismo y en el orden social en laicismo, y que por reacción se ha convertido hoy en totalitarismo.
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“La época del individualismo y del “laissez faire” en la política y de la competencia sin restricciones en la industria ha pasado. En el futuro, tendremos una sociedad colectivista: la única interrogante que cabe formularse, es si tendremos un colectivismo de la tiranía o un colectivismo de la libertad”. Nathaniel Micklem, “The Theology of Politics” (Londres: Imprenta de la Universidad de Oxford, 1941), p. 73).
“Así como el liberalismo no creó ideales morales, tampoco puede conservarlos. Vive con el acervo espiritual que heredó de la civilización cristiana, y cuando éste se agote algún otro deberá substituirlo. Cuando la sociedad se haya lanzado al camino de la secularización, no podrá detenerse a mitad de camino en la posada del liberalismo y deberá seguir hasta el amargo fin, sea ese fin el comunismo o algún tipo alternativo de secularismo totalitario.” Christopher Dawson. “Religión and the Modern State”, (Nueva York: 8heod and Ward, 1935), p. 64.
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Desde ahora, los hombres se dividirán en dos religiones, entendidas también como una rendición a un absoluto. El conflicto del futuro se planteará entre el absoluto que es el Dios-hombre, y el absoluto que es el hombre-Dios, el Dios que se convirtió en hombre y el hombre que hace de sí mismo un Dios; hermanos en Cristo y camaradas en Anticristo.
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Su lógica (del diablo) es simple: "Si no hay paraíso, no hay infierno, si no hay infierno, no hay pecado, si no hay pecado, no hay juez, y si no hay juicio, lo malo es bueno y lo bueno malo".
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En su desesperada necesidad de Dios, a quien sin embargo se niega a adorar, el hombre moderno, en su soledad y frustración, ansiará cada vez más ser miembro de una comunidad que le dé amplitud de propósitos, pero a costa de perderse en alguna vaga colectividad. Se comprobará una paradoja: las mismas objeciones con que los hombres del siglo pasado rechazaron a la Iglesia, servirán de motivos para que acepten ahora a la contraiglesia.
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La tercera idea que se está liquidando hoy es el racionalismo entendido en el sentido de que la finalidad suprema de la vida no es el descubrimiento de su sentido y objetivo, sino solamente el logro de nuevos progresos técnicos para hacer de este mundo una ciudad del hombre que desaloje a la Ciudad de Dios. El racionalismo bien entendido es la razón preocupada por los medios y los fines para llegar a un objetivo; el racionalismo moderno es la razón interesada por los medios con exclusión de los fines. Esto se justificó sobre la base de que el progreso tornaba imposibles los fines. El resultado fue que el hombre, en vez de avanzar hacia un ideal, cambió de ideal y llamó al nuevo progreso. Paul Tillich dice que “el rasgo decisivo del período de la burguesía victoriosa es la pérdida de fiscalización de la razón humana sobre la existencia histórica del hombre”.
La reacción se ha operado y el hombre que abandonó su razón al servicio adecuado del término, descubre que el Estado se ha asegurado su prioridad como razón planificadora, de modo que ahora no hay más razón que la del Estado, lo cual es fascismo, o la razón de clase, que es el comunismo, como hubo antaño la razón de raza, que era el nazismo. Otras manifestaciones de irracionalismo aparecen en el freudismo, que hace del subconsciente el principio determinante de la vida, o el marxismo, que suplanta a la razón por el determinismo histórico, o en la astrología, que culpa a las estrellas

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