1385. Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" (1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
1435. La conversión se realiza en la vida cotidiana mediante gestos
de reconciliación, la atención a los pobres, el ejercicio y la defensa de la
justicia y del derecho (cf. Am 5,24; Is 1,17), por el reconocimiento de
nuestras faltas ante los hermanos, la corrección fraterna, la revisión de vida,
el examen de conciencia, la dirección espiritual, la aceptación de los
sufrimientos, el padecer la persecución a causa de la justicia. Tomar la cruz
cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro de la penitencia (cf. Lc
9,23).
1454. Conviene preparar la recepción de este sacramento mediante un
examen de conciencia hecho a la luz de la Palabra de Dios. Para esto, los
textos más aptos a este respecto se encuentran en el Decálogo y en la
catequesis moral de los evangelios y de las Cartas de los Apóstoles: Sermón de
la montaña y enseñanzas apostólicas (Rm 12-15; 1 Co 12-13; Ga 5; Ef 4- 6).
1779. Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para
oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto
más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de
toda reflexión, examen o interiorización: «Retorna a tu conciencia,
interrógala. [...] Retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis
mirad al testigo, Dios» (San Agustín, In epistulam Ioannis ad Parthos tractatus
8, 9).
La venida
solemne del Espíritu en el día de Pentecostés no fue un suceso aislado. Apenas
hay una página de los Hechos de los Apóstoles en la que no se nos hable de Él y
de la acción por la que guía, dirige y anima la vida y las obras de la
primitiva comunidad cristiana: Él es quien inspira la predicación de San Pedro4, quien confirma en su fe a los discípulos5, quien sella con su presencia la llamada
dirigida a los gentiles6, quien envía
a Saulo y a Bernabé hacia tierras lejanas para abrir nuevos caminos a la
enseñanza de Jesús7. En una
palabra, su presencia y su actuación lo dominan todo.
Dios,
en su bondad y sabiduría, se revela al hombre. Por medio de acontecimientos y
palabras, se revela a sí mismo y el designio de benevolencia que él mismo ha
preestablecido desde la eternidad en Cristo en favor de los hombres. Este
designio consiste en hacer partícipes de la vida divina a todos los hombres, mediante
la gracia del Espíritu Santo, para hacer de ellos hijos adoptivos en su Hijo
Unigénito.
En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección,
Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como
Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada. La
misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia,
enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria.
«Hemos visto la verdadera Luz, hemos recibido el Espíritu celestial, hemos
encontrado la verdadera fe: adoramos la Trinidad indivisible porque Ella nos ha
salvado» (Liturgia bizantina. Tropario de las vísperas de Pentecostés).
El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como
Espíritu de Amor, devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a
causa del pecado, y los hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad
Santa. Los
envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y los organiza en sus respectivas
funciones, para que todos den «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22).
Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los
miembros de su Cuerpo, y la gracia de Dios, que da frutos de vida nueva, según
el Espíritu. El Espíritu Santo, finalmente, es el Maestro de la oración.
Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando
ofrecen como sacrificio espiritual «agradable a Dios por mediación de
Jesucristo» (1 P 2, 5), sobre todo en la Eucaristía, la propia vida con
todas las obras, oraciones e iniciativas apostólicas, la vida familiar y el
trabajo diario, las molestias de la vida sobrellevadas con paciencia, así como
los descansos físicos y consuelos espirituales. De esta manera, también los
laicos, dedicados a Cristo y consagrados por el Espíritu Santo, ofrecen a Dios
el mundo mismo.
El carácter sacramental es un sello espiritual, conferido por los
sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden. Constituye promesa y
garantía de la protección divina. En virtud de este sello, el cristiano queda configurado a Cristo,
participa de diversos modos en su sacerdocio y forma parte de la Iglesia según
estados y funciones diversos. Queda, por tanto, consagrado al culto divino y al
servicio de la Iglesia. Puesto que el carácter es indeleble, los sacramentos
que lo imprimen sólo pueden recibirse una vez en la vida.
Para los creyentes en Cristo, los sacramentos, aunque no todos se
den a cada uno de los fieles, son necesarios para la salvación, porque otorgan
la gracia sacramental, el perdón de los pecados, la adopción como hijos de
Dios, la configuración con Cristo Señor y la pertenencia a la Iglesia. El
Espíritu Santo cura y transforma a quienes los reciben.
La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la
asimilación de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Se ve
asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de
personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral tanto la
oración como el examen de conciencia.
A través de la Tradición viva, es como en la Iglesia el Espíritu
Santo enseña a orar a los hijos de Dios. En efecto, la oración no se reduce a
la manifestación espontánea de un impulso interior, sino que implica
contemplación, estudio y comprensión de las realidades espirituales que se
experimentan.
Comentarios
Publicar un comentario