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sábado, 13 de agosto de 2016

¿Analizar o amar? Los selfies del yo

La película italiana La habitación del hijo narra las consecuencias para su familia de la muerte de un adolescente en un trágico accidente de submarinismo. El dolor, como es natural, es enorme, pero es el padre, (psico)analista, el que peor lo encaja. Lo cual es significativo. Su ciencia psiquiátrica no le facilita la asunción de la muerte del hijo.

El psicoanálisis es hijo de una de las principales señas de identidad de los últimos cuatro siglos: el racionalismo, que ha sublimado el conocimiento en detrimento del amor. De ahí tantas cosas. No solo el desarrollo de las ciencias, sino la sacralización de "la ciencia" y de la Cultura. Pero el conocimiento no es salvífico, máxime cuando es una racionalización comprehensiva, autorreferencial, more geometrico y cerrada a la trascendencia. Entonces los sistemas de pensamiento con sus métodos analíticos se convierten en jaulas que no liberan.

¿El ser humano necesita análisis o amor? Ciertamente, el pensar es fundamental, pero no basta. Necesitamos amar y ser amados, algo que desde la sublimación de la res cogitans por Descartes ha sido muy abandonado, hasta llegar al panlogismo hegeliano y a las apoteosis de la abstracción: Estado, clase, género, partido, sindicato, patriarcado... conceptos lógicos incrustados en la vida que obstaculizan comprender y amar al hombre y a la mujer concretos que están ahí.

"No es lo mismo distinguirse que oponerse", escribe Carlos Cardona en Metafísica de la opción intelectual. Otra de las derivadas de un racionalismo exacerbado. Distinguir no es oponer. Las diferentes posiciones sociales no conllevan, necesariamente, lucha de clases. La diferencia de género no significa violencia entre géneros.

Distinguir no es enfrentar. Dios, el hombre y el mundo, no son, primariamente, silogismos.
El racionalismo inmanente, hermanado con el materialismo monista, suele producir constructos reduccionistas que impone dogmáticamente desde un doble ejercicio de violencia: la violencia teórica de reducir el todo al fragmento y la violencia práctica de imponer a la realidad extramental esa visión fragmentaria.

El pensamiento racionalista deviene en un narcisismo, una filosofía de la ebriedad en la que se niega la evidencia por el prurito de no someterse a ella. Al final, el narcisismo construye una filosofía de la arbitrariedad, donde el yo vive en un continuo selfie.

Urge liberar a la filosofía de los yugos matemático y experimental. Urge recuperar la contemplación, aplastada por el activismo. Urge liberarnos de los reduccionismos materialistas: el hombre como productor-consumidor; el hombre como pulsión. Urge combatir los trastornos bipolares izquierda-derecha. Urge desmontar el monismo que sospecha del número 2, y más del 3, que no comprende la pluralidad del mundo, que tras adorar a la biología y a la psicología, las desprecia y se entrega (y trata de imponer) a filosofías de la ebriedad, como la ideología de género.



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