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jueves, 7 de abril de 2016

La fe en el experimento

El humanismo confía en la razón, capacidad humana de conocimiento que en su vertiente práctica se desarrolla a través de la virtud de la prudencia, hábito encaminado a acertar en el aquí y ahora de las decisiones existenciales. La modernidad racionalista y empirista, en cambio, subordina el juicio humano a las certezas matemáticas y experimentales, sustituyendo la prudencia por la calculadora y el tubo de ensayo. La Ilustración dará un paso más y se volcará en la acción, y empleará el periódico y el panfleto, medios de análisis y praxis inmediatas frente al acompasado ballet del diálogo humanístico y al académico tratado filosófico de las sectas universitarias, a menudo exclusivistas.
Cervantes, hombre del humanismo que vive próximo al despertar racionalista, construye en El curioso impertinente, novela leída dentro de la propia trama del Quijote, una parábola sobre el cambio de paradigma de la prudencia humanista al experimento moderno. En ella, Anselmo pide a su íntimo amigo Lotario que trate de seducir a Camila, esposa de Anselmo para comprobar que su amor es enterizo. Sin que Camila haya dado muestra alguna de infidelidad o tibieza de amor, Anselmo se deja llevar por la curiosidad (patología del conocer) y se encapricha con el experimento como método cognoscitivo.
El proyecto es descabellado, pues supone de hecho incitar a Lotario a la deslealtad (presumiblemente fingida) para que acose a Camila (que se encontrará entre la espada y la pared sin necesidad alguna).
Lo que un juicio ponderado -prudencia, discreción o cordura- bastaría para la paz de conciencia de Anselmo sobre el amor de su mujer se minusvalora en aras de un experimento insensato. Por eso, de entre los múltiples argumentos que pergeña Lotario para disuadir a Anselmo de su impertinente curiosidad, me parece que este ofrece la clave de la situación:

—Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio como el que siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles, intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas que no se pueden negar, como cuando dicen: «Si de dos partes iguales quitamos partes iguales, las que quedan también son iguales»; y cuando esto no entiendan de palabra, como en efeto no lo entienden, háseles de mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos, y aun con todo esto no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de nuestraXL sacra religión34. Y este mesmo término y modo me convendrá usar contigo, porque el deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastadoXLI, 35 el que ocupare en darte a entender tu simplicidad —que por ahora no le quiero dar otro nombre—, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de tu mal deseo;



     Avalle-Arce: Nuevos deslindes cervantinos. Pero era esto, precisamente, lo que él buscaba al         comenzar su malhadado experimento. En un momento de arrebato él ha querido vivir una abstracción, hacer de su vida y las otras contingentes a ella algo susceptible de la fría manipulación universalizadora del experimento. A su pesar, los aspectos concretos de estas vidas se niegan a la universalización (o abstracción, vista por el envés), ya que, como vidas que son, se fraguan en el conjugar imprevisible del aquí y ahora. Otra vez, en el momento más exacerbadamente «literario» (una farsa dentro de una novella) se vislumbran los soportes vitales de todas estas bambalinas.

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