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viernes, 4 de marzo de 2016

El fideísmo es el ateísmo de los beatos

El humanismo confía en la razón; 
la filosofía moderna confía en la calculadora y en el tubo de ensayo; 
la Ilustración confía en la acción.
El humanismo es un sujeto que admira el objeto; 
la filosofía moderna es un sujeto que domina el objeto; 
la Ilustración es un sujeto que se transforma en objeto.
Para el humanismo, Dios, el mundo y el hombre son misterios comprensibles pero no comprehensibles; 
para la filosofía moderna, Dios, el mundo y el hombre son problemas reductibles a algoritmos; 
para la Ilustración, Dios, el mundo y el hombre son el yo.
El humanismo conoce, la Filosofía moderna calcula y experimenta, la Ilustración hace.
Para el humanismo, sujeto y objeto son co-protagonistas; 
para la Filosofía Moderna, el protagonista es el sujeto; 
para la Ilustración el objeto ha desaparecido: es más relevante lo que procede de la mente del crítico del Quijote que el Quijote mismo. El crítico construye una crítica más extensa y verdadera que la obra criticada; o mejor, la verdad del Quijote es la verdad del crítico. El criterio de verdad es la mera emanación discursiva del yo del crítico. El sujeto aplasta al objeto. El crítico aplasta la obra criticada.
Al ser más importante el sujeto que el objeto, el fin es la originalidad. Ser original es ser el origen. Se es el origen porque no se es originado. Cada yo es un comienzo desligado de sus predecesores.
El hombre antiguo, medieval y moderno-humanista buscaba la verdad, la bondad y la belleza; 
el hombre cartesiano busca la claridad y la distinción: lo importante no son lo que las cosas son sino lo que las cosas son para mí: mi certeza, de modo que el tamaño de Dios, el mundo y el hombre pasan a ser el tamaño del yo cognoscente. Y como quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur, los objetos son creados a imagen y semejanza de los sujetos: sujeto mezquino, objeto mezquino, y così via.
El hombre ilustrado-romántico no busca tanto la verdad, la bondad, la belleza, la claridad y la distinción como la originalidad. El summum es ser original. No se trata de conocer mejor las cosas, sino de ser original; no se trata de ser bueno, sino de ser original; no se trata de ser hermoso, sino de ser original. 
Si el yo es el rey, la originalidad es el summum.
Hay que decir que el inveterado desprecio luterano por la razón contribuyó decisivamente al desprestigio de la inteligencia humana y al enaltecimiento de la calculadora y el tubo de ensayo como sustitutivos de una mente corrompida (que no herida) por el pecado. Una fe despreciadora de la razón deviene en fideísmo, y el fideísmo es el ateísmo de los beatos. La Ilustración se desembarazó de ese teísmo imposible y encontró vía libre para la entronización del yo y su originalidad.



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