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viernes, 11 de diciembre de 2015

Humanismo viejo y nuevo

La Edad Moderna, a mi juicio, contiene tres movimientos intelectuales fundamentales: el humanismo, la filosofía moderna y la Ilustración. Por caracterizarlos y diferenciarlos, me atrevo a decir que el humanismo comprende un corpus abierto de ideas antropocéntricas no cerradas a la trascendencia sobre la base de una confianza en la razón; la filosofía moderna encuadra sistemas cerrados a la trascendencia desde una confianza en la razón matemática; y la Ilustración profesa una fe en la acción inmediata. Los humanistas escriben diálogos; los filósofos, tratados; y los ilustrados, enciclopedias y panfletos.
El humanista se goza en los diálogos de Platón y en los tratados de Cicerón; el filósofo moderno se goza en la geometría euclidiana y en la física de Newton; el ilustrado se goza en la lectura de periódicos, definida por Hegel como “la oración de la mañana del hombre moderno”.
La actitud humanista es la que observamos en Sócrates, Cicerón, Petrarca, Vives, Erasmo o Moro: entablar un diálogo con predecesores y contemporáneos en búsqueda de una verdad que no pretende agotar la realidad, que no aspira a construir un esquema en el que quepa todo. La filosofía moderna, en cambio, fascinada por la certeza matemática, geométrica, sobrecogida ante la ciencia experimental, alucinada por Newton… edifica unos sistemas con las fortalezas y debilidades de las ciencias exactas y empíricas. El concepto de verdad absoluta está más cerca de la filosofía moderna que del humanismo. Porque para el humanismo, el hombre es un misterio; y para la filosofía moderna, un problema. El humanismo busca saber a expensas de la seguridad; la filosofía moderna busca seguridad a expensas de encerrar al hombre en un polígono o un tubo de ensayo.
El humanismo posee la frescura y la belleza de un diálogo platónico. La filosofía académica posee el rigor y el prosaísmo de un tratado aristotélico.
El humanismo griego lo hemos conocido de manos de Jaeger (Paideia); el romano, con Humanismo romano de Antonio Fontán; el italiano, con El sueño del humanismo de Francisco Rico, donde relata el espíritu de las diversas generaciones de humanistas con buen estilo y profundo conocimiento de Petrarca, padre del humanismo renacentista. De La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt, se puede discrepar, pero no se puede no leer. Príncipes y humanistas, de Fontán, es un claro libro de un claro hombre, No olvidemos a Kristeller, sabio sobre el Renacimiento, enemigo de la máxima “no dejes que los datos arruinen tus hermosas teorías”. Kristeller fustiga los mitos sobre el Renacimiento en El pensamiento renacentista y sus fuentes.


        Pero ahora quiero hablar de la mejor visión global del humanismo que he leído: Sobre el viejo humanismo de Javier García Gibert (Marcial Pons, Madrid, 2010, 467 páginas), una historia del humanismo desde Grecia hasta nuestros días, con calas en los autores más relevantes  hecha desde una perspectiva humanista, esto es, apasionada, crítica, comprometida.
Los grandes libros impulsan a la escritura, copiar citas, hacer otro libro, releerlo. Sobre el viejo humanismo es un libro de libros. El autor muestra una erudición extraordinaria, pero se expresa con corrección y claridad: se le entiende. Habla de muchos libros fundamentales que el lector se ve compelido a leer. Es un libro de libros que hay que releer y, pacientemente, visitar las fuentes primarias que cita, porque no son baladíes ni tangenciales.
Me gusta el compromiso de García Gibert, pues es el compromiso propio del humanismo. Los humanistas no se parapetan detrás de un abstruso lenguaje académico, una jerga de secta. No. A los humanistas se les entiende. Se les entiende demasiado bien. ¿Por eso quizás Sócrates fue condenado a envenenarse, Platón reducido a esclavitud, Cicerón decapitado, Séneca suicidado por imperativo legal, y Boecio y Moro ajusticiados…? En fin, no deseo que el autor de Sobre el viejo humanismo y quienes compartimos su fervor humanista corramos la misma suerte. Pero el humanismo no es complaciente con el poder ni con la cultura dominante. El humanismo detesta esa vulgaridad de “lo políticamente correcto”. Una perla, entre muchas, de García Gibert: Rousseau ha sido “el mayor intoxicador de conciencias que haya existido” (pág. 393).

Sobre el viejo humanismo. Me hubiera gustado escribir este libro, ser capaz de escribirlo, saber lo suficiente para escribirlo. Enhorabuena. Pero es un libro que compromete. En la era tecnológica en que se nos sitúa como espectadores de unos cambios “que nos sobrevienen”, García Gibert nos devuelve a la realidad de la libertad y del compromiso. No somos espectadores. Estamos llamados a ser protagonistas de nuestro presente y nuestro futuro. Contamos con la razón, más poderosa que cualquier tableta de Apple. Y contamos con una tradición de 2.500 años. No estamos solos. Las mentes más lúcidas de la historia, los humanistas, nos acompañan.

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