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jueves, 21 de noviembre de 2013

Lo importante es invisible a los ojos



El Principito, de Antoine de Saint-Exypery, es uno de los libros más traducidos y vendidos de la historia (140 millones de ejemplares). ¿Por qué? Es la breve y original historia del encuentro de un aviador perdido en el desierto con un niño que se presenta como príncipe de un pequeño planeta. Pero la originalidad de esta historia no basta para explicar su éxito. Lo relevante es que las palabras del principito reflejan de un modo verosímil la mente de un niño: ingenuidad, sencillez, bondad, sin los afanes, con frecuencia mezquinos, de los adultos. Y solemos conectar con la sencillez infantil. De ahí el éxito del libro. Realmente, El principito es una reflexión sobre el mundo contemporáneo con los ojos de un niño.
 Uno de los mensajes centrales de esta novelita es el que da título al artículo: “lo importante es invisible a los ojos”. El principito, que repite varias veces esta idea llamándola su secreto, muestra cómo nuestra percepción de lo que nos rodea depende más de nuestra mirada que de las cosas mismas.
Desde el primer capítulo encontramos esta idea reflejada en el famoso y simpático episodio del dibujo del elefante tragado por la boa. Aparentemente, el dibujo parece un sombrero, pero, el principito ve más allá: se trata del abultadísimo estómago de una boa…

La idea de que lo importante es lo que no se ve evoca a Platón y su célebre mito de la caverna. Porque, según el filósofo ateniense, habitamos, metafóricamente, en una cueva en la que se reflejan sombras del exterior, y vivimos pensando que las sombras son la realidad, cuando en verdad constituyen un pálido reflejo de las cosas. Pero, si salimos de la caverna, podremos descubrir a plena luz del día los seres que causan esas sombras; ya no vemos apariencias, sino la realidad: hemos abandonado el ámbito de las opiniones pasajeras y hemos llegado a la ciencia, al conocimiento.
Esta idea nos conduce también al concepto de fe: creer sin ver, saber sin ver. La fe, frente a lo que pueda parecer, es un modo habitual de conocimiento humano, pues gran parte de lo que sabemos no procede de una comprobación experimental, sino de nuestra confianza en la narración de otros. Creemos, por ejemplo, lo que nos cuentan nuestros padres de su juventud, aunque no hemos podido presenciarlo. Nuestros conocimientos de historia se basan en la fiabilidad de los historiadores, que a su vez han de interpretar los documentos de otros… Por eso la fe, como virtud cristiana, es un don que nos capacita para asentir a unos conocimientos a partir de lo oído (fides ex auditu, según San Pablo). Lo particular de la fe cristiana es que no es una simple fe humana, sino un don, una gracia, un favor que Dios concede para asentir a unas determinadas verdades. El contenido de la fe cristiana son las confidencias de Dios. Pues, ¿cómo puedo conocer la intimidad de un amigo si no me la revela? La fe es la revelación de la intimidad de Dios.
Volviendo a nuestra novela, el mensaje de que las cosas más importantes de la vida y no solo las religiosas se ocultan a los ojos corporales nos hace mucho bien, pues es la verdad. La personalidad, el alma, están “al otro lado” de la fachada corporal, del aspecto más o menos atractivo de las personas; lo que vemos es siempre una punta de iceberg: enseña bastante menos de lo que esconde. Lo visible, lo mensurable es parte de la realidad, pero no toda ni lo más importante de ella.
El principito critica ese espíritu de geometría, denunciado por Pascal, cuando se aplica a lo humano: ese afán por medir, pesar, cuantificar. Esa costumbre adulta de interesarse solo “por las cifras”, por el cuánto, más que por el cuál o el cómo. El principito supone un baño de humanidad, un aire fresco para los retorcimientos de la mente. Algo que puede explicitarse con estos textos de la Introducción al cristianismo de Joseph Ratzinger: 
                                  
El hombre tiende por inercia natural a lo visible, a lo que puede coger con la mano, a lo que puede comprender como propio. Ha de dar un cambio interior para ver cómo descuida su verdadero ser al dejarse llevar por esa inercia natural. Ha de dar un cambio para darse cuenta de lo ciego que es al fiarse solamente de lo que pueden ver sus ojos. Sin este cambio de la existencia, sin oponerse a la inercia natural, no hay fe. Sí, la fe es la conversión en la que el hombre se da cuenta de que va detrás de una ilusión al entregarse a lo visible. He aquí la razón profunda por la que la fe es indemostrable: es un cambio del ser, y sólo quien cambia la recibe. Y porque nuestra inercia natural nos empuja en otra dirección, la fe es un cambio diariamente nuevo; sólo en una conversión prolongada a lo largo de toda nuestra vida podemos percatarnos de lo que significa la frase “yo creo”. He aquí la razón por la que la fe es hoy día, bajo las condiciones específicas que nos impone nuestro mundo moderno, problemática y, al parecer, casi imposible. Pero no sólo hoy, ya que la fe siempre ha sido, más o menos veladamente, un salto sobre el abismo infinito desde el mundo visible que importuna al hombre. La fe siempre tiene algo de ruptura arriesgada y de salto, porque en todo tiempo implica la osadía de ver en lo que no se ve lo auténticamente real, lo auténticamente básico. La fe siempre fue una decisión que solicitaba la profundidad de la existencia, un cambio continuo del ser humano al que sólo se puede llegar mediante una resolución firme.

           
El principito es una novela alegórica. Aparecen una serie de personajes-tipo: un rey, un vanidoso, un contador de dinero, un bebedor, un hombre de negocios, un farolero, un geógrafo… con actitudes en las que podemos vernos retratados: el afán de poseer, de seguridad, rutinas sin sentido, agobios por no saber conformarse con lo que tenemos, la esclavitud del consumo. El protagonista es feliz a pesar de no tener casi nada: un minúsculo planeta con una flor, un cordero y tres pequeños volcanes…
Este niño es un buen maestro. Escuchemos, para concluir, algunas de sus frases: “Lo bonito es lo útil”; “sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”; "lo que veo es sólo la corteza; lo más importante es invisible..."; “pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón”. “Lo más importante nunca se ve...”.

Antonio Barnés
Doctor en Filología

4 comentarios:

  1. Hola Antonio, muchas gracias por estas líneas. Me han gustado mucho. Y nuestros "estupendos" políticos ninguneando a las humanidades en los planes de estudio, así vamos y así nos va a ir... Saludos, Juan Ignacio Grande

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    1. He llegado a la conclusión que imponer un currículo cerrado, sea cual fuere, es un abuso de poder. Debe haber margen en los centros educativos para que participen en la elaboración del plan de estudios.

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  2. Nunca se encerró tanta verdad en tan poco espacio. Muy bien comentado.Gracias por abrirnos los ojos con la llave del corazón.

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