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lunes, 30 de septiembre de 2013

Verdad, verdad absoluta y misterio

El adjetivo absoluta aplicado a la verdad es una estrategia para socavar el concepto de verdad. "O verdad absoluta o ausencia completa de verdad". Es un sofisma. Las verdades absolutas no existen, en el sentido de conjunto acabado de ideas, monolítico y omniabarcante. Ese adjetivo "absoluto" es muy grato a la Edad Contemporánea, y con él se quiere fustigar a las edades antigua, media y moderna. Pero haría bien la Edad Contemporánea con fustigarse, sobre todo, a sí misma: no le faltaría trabajo.

Por ejemplo, el cristianismo no es una religión de verdades "absolutas". Profesa una serie de verdades, pocas, en el credo, que suponen un buceo en el misterio de Dios y de la Iglesia. Pero el cristiano no pretende aprehender por completo la verdad. Ese es el propósito de racionalistas, empiristas, idealistas, marxistas, psicoanalistas... que defienden conocerlo todo o nada o parte... pero que quieren encastrar la verdad y dictar normas de tráfico a la mente humana.

Los famosos dogmas cristianos suelen ser bastante menos que los dogmas idealistas o materialistas. Pero, sobre todo, más que el número, los dogmas cristianos atañen al misterio de Dios, mientras que los dogmas idealistas y materialistas constriñen la vida personal y social. Organizan intransigentemente la vida y dogmatizan innumerables cuestiones a todas luces discutible (y contradecibles).

Una vez más, la crítica al otro es la retroversión de la crítica debida a uno mismo. Los que atacan de continuo el dogmatismo cristiano suelen ser los más dogmáticos.


Leo en Javier Blasco, en su estudio preliminar a las Novelas ejemplares cervantinas de Galaxia Gutenberg-Círculo de lectores (2005): "la novela viene a dar voz a la conciencia de que es absolutamente imposible la aprehensión unilateral y monolítica de la verdad".

Lo que sucede es que ese "es absolutamente imposible" ya es una formulación dogmática, unilateral y monolítica.

En el mismo estudio, Blasco escribe: "Y, al hacerlo, su novela [la de Cervantes] pone en evidencia las limitaciones tanto de la historia como de la poesía aristotélicas: el lenguaje no tiene por qué ser vehículo ni hacia el ser, ni hacia el deber ser; el lenguaje puede ser —y en esencia siempre lo es— puro fingimiento".

El problema es que si el lenguaje "en esencia" es "puro fingimiento", también lo es el que usa el propio Blasco para caracterizar la esencia del lenguaje.




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