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martes, 30 de abril de 2013

No "o Dios o el hombre" sino "Dios y el hombre"



El Renacimiento y el Humanismo son fenómenos extremadamente complejos. El estudioso es un caballero que ha de luchar constantemente contra el gigante de la simplificación. Conviene leer alguna obra de Kristeller, Chastel o Burke sobre el Renacimiento.
No se puede contraponer humanismo y cristianismo. El renacimiento surge, en primer lugar, como un movimiento de renovación estética, particularmente de la lengua, el latín. Se busca en los autores latinos de la antigüedad una purificación del estilo de la baja escolástica.
El intelectual del Renacimiento está intensamente preocupado por la renovación de la vida cristiana y de la Iglesia. Se redescubren los padres de la iglesia en sus textos, se estudia con fervor la Sagrada Escritura, se busca la pureza de los inicios: desde Petrarca hasta Erasmo, desde Pico della Mirandola hasta Vives, pasando por (Santo) Tomás Moro, el Renacimiento es, en cierto sentido un movimiento más religioso que la Edad Media, pues nace con la devotio moderna, un deseo de piedad personal que culminará, precisamente, en la eclosión de la mística española.
El redescubrimiento del cuerpo humano en el arte no significa un antropocentrismo que deje de lado a Dios, porque el hombre se ve como imagen y semejanza de Dios. El Renacimiento no es disyuntivo: o Dios o el hombre, sino copulativo: Dios y el hombre.
Como dice Kristeller en El pensamiento renacentista y sus fuentes, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, “en la Italia renacentista, el humanismo y el escolasticismo aristotélico no eran tanto dos corrientes ideológicamente opuestas –y mucho menos representantes de una filosofía nueva y otra antigua-, sino dos campos de interés coexistentes”.


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