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lunes, 1 de abril de 2013

Defensa de la lectura, de Pedro Salinas

Aunque Plinio el joven afirmaba que su tío, Plinio el viejo, decía que no hay un libro tan malo que no tenga algo bueno, lo cierto es que hay libros que poco aportan. Lo cual puede comprobarse con el deseo de tomar alguna nota que sentimos, (al menos yo), al leer... De modo que hay libros que no incitan a apropiarse de ninguno de sus textos; otros que mueven a tomar apuntes... Y, finalmente, aquellos que gustan tanto que ...lo copiaríamos entero.
Y esto me ha sucedido con Defensa de la lectura, de Pedro Salinas, extracto de su célebre El defensor.
Qué agudeza, qué talento, qué equilibrio.
Son tantas las notas que transcribiría, insisto, que solo puedo recomendar su lectura, valga la redundancia.
He aquí algún fragmento hallado en la red, gracias a Juan López Hoyos:


"Al principio fueron los monstruos. Cuando la naturaleza se ensaya y ejercita en sus caprichos creadores, empieza por dinosaurios: sus hijos primeros alcanzan tamaños fabulosos, dimensiones que amedrentan. La naturaleza no tiene medida, y desmandadamente se lanza a una orgía de tentativas, disparatadas, que acaban de mala manera. El Tetrabelodón, elefante de cuatro colmillos, lo cual, al parecer, le da ventaja notoria sobre el desgraciado y menesteroso elefante de dos, es un callejón biológico sin salida. Tanto le pesa la dentadura, que, para aguantarla, el pescuezo se le mengua y se le mengua, hasta que ya no puede alcanzar con la testa al suelo, y muere de grandeza. Mejor dicho, de exceso, de cantidad. Oportuno símbolo de imperios y soberbias. Así se extinguen otros graciosos animales de ese entonces. La Naturaleza se impone sus propios castigos, y el Megalosaurio y compañía sucumben, enfermos de tamaño, por desmesura, de puros monstruos que eran.
Cuando más adelante el hombre, sin duda más proporcionado y por las señas -que se llaman Historia- con algunos mejores condiciones de sobrevivir que el Megaterio, se pone él a crear, también se le va la mano. Las primeras civilizaciones inventan Estados enormes, erigen fábricas poderosas, como la torre de Babilonia; se afanan tras lo magno; pirámides y esfinges se empeñan por perdurar sobre las arenas hasta hoy día, como lecciones de exorbitancia. A los leones asirios responden los colosos egipcianos, modelos del rodense. Pero los griegos son los grandes maestros de la medida. Ellos descubren, antes que nadie, que la grandeza puede muy bien no consistir en el tamaño, y que la belleza de la forma casi nunca se encuentra en la disformidad. La preocupación de la escultura griega por los cánones es una de las más hermosas páginas de la historia del hombre. Preciosa es entre toda la noción de la medida, certero camino hacia la verdad. Las ciencias progresan al compás del arte de medir; de medir cada vez mejor y con más precisión. Diríase que los humanos tienen ya superada la etapa de lo monstruoso, y que el hombre se ha decidido a ser como uno de ellos, eminente, dijo: "Medida de todo lo humano" .
Y sin embargo, ese arte de la medida, que se va defendiendo tan maravillosamente en el gótico, y en el mismo vórtice del barroco, hasta el siglo XIX, ha llegado hoy día, en este preciso momento, al borde de su mayor riesgo. Porque el hombre del siglo XX se ha enamorado de los monstruos, y adora el tamaño, sobre todas las cosas. De emblema le serviría el Coloso, con la leyenda no en griego, sino en inglés de América: "The bigger, the better". Cuanto más grande, mejor. Trágico lema, manantial de confusiones sin cuenta, aunque sí con cuento, de la humanidad moderna".
"La tierra se vuelve a poblar de monstruos. Ahora no son hijos de la naturaleza: son artifechos, artefactos, criaturas del hombre".

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