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sábado, 26 de enero de 2013

Vendedores (y cobradores) de humo

Las religiones y las diversas tradiciones sapienciales han acostumbrado a situar el bien y el mal en la esfera de lo personal, a saber, honrar a los padres, no matar, no cometer adulterio, no robar... Así, pregunté en una ocasión a un amigo budista por sus principios morales y comprobé con cierta sorpresa que coincidían básicamente con los diez mandamientos bíblicos, vigentes para el judaísmo y el cristianismo.

El marxismo, sin embargo, cambió radicalmente el paradigma, y situó el bien y el mal en el plano de lo estructural. Lo personal, tras diversas corrientes filosóficas modernas había quedado muy maltrecho, véase el idealismo alemán, el darwinismo, etcétera. El caso es que para el marxismo unas clases oprimen a otras, la infraestructura determina la superestructura... En ese esquema, que Pepe sea un capitalista bueno o que Juan sea un proletario malo son situaciones poco considerables... (Se entiende que Pepe puede ser una capitalista bueno si para él, en la teoría y en la práctica, la persona prima sobre el trabajo, y el trabajo sobre el capital).

Desde tal momento la prédica moral, el profetismo social, la sofística ética son profesiones bastante cómodas, pues se puede clamar contra las injusticias del capital o del género mientras se cobran sobresueldos, se consumen a destajo los más variados tipos de licores y se vive la poligamia. (No digo que solo estos roben, se emborrachen o forniquen, sino que en sus discursos las virtudes y los vicios personales son irrelevantes).

El marxismo consumó y divulgó la transferencia de la moral desde la persona a "la sociedad", "el colectivo", "la estructura", "el capital"..., actitud que ha creado escuela: se sigue situando a menudo el bien y el mal en lo colectivo.

La ideología de género, por ejemplo, derivada de la manivela dialéctica marxista, santifica y sataniza colectivos: homosexuales / homófobos; mujeres / machistas...

En ámbitos educativos, promover valores significa difundir bondades y maldades grupales. (Por eso se habla de valores -abstractos- y no de virtudes -personales-).

Según este esquema, digamos estructuralista, lo bueno es defender la "igualdad de género": una ética geométrica en la que la virtud y el vicio personal se esfuman -en tanto no afecten al dogma igualitario-. Abandonar a la madre en un asilo no afecta a este paradigma.

Para el cristianismo el amor o es al prójimo (próximo) o no es amor.
Para las filosofías materialistas, en cambio: marxismo, economicismos plutocráticos, psicoanálisis, ideología de género... la clave de la solidaridad (amor es una palabra demasiado romántica para usarla en un discurso científico) son los cambios estructurales, verbigracia, "la alianza de las civilizaciones".

La mercadotecnia capitalista, obviamente, se mueve también en estos parámetros. Los vendedores de humo de la eficiencia no consideran la virtud y el vicio personal. La clave es la productividad.

El hombre como pieza de una estructura (marxismo) o como máquina (capitalismo). Seamos sinceros, si el hombre está corrompido (Lutero) y es incapaz de conocer la verdad (Kant), es un cero a la izquierda. Si, además, es un gorila enhiesto, solo nos queda el colectivo. Los instrumentos cognitivos del colectivo son los aparatos físicos y las baterías de items psicotécnicos. Y las estadísticas.


La crisis es una oportunidad para recuperar el verdadero discurso de situar el bien y el mal en la persona. Y de recuperar la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, desechando las malaventuras luteranas y el desprecio kantiano por la inteligencia mediante la adoración del becerro de oro de la ciencia experimental.

Los Pensamientos de Pascal y La unidad de la experiencia filosófica de Gilson pueden refrescar nuestra memoria.

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