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martes, 13 de noviembre de 2012

ars bene dicendi

Saber hablar no es un adorno: distingue al hombre del mono.
Mejor manejarse con la boca que con los puños.
Si hablas, procura no leer; si lees, que no lo parezca.
Si tu discurso es oral, intercala breves lecturas;
si es una lectura, introduce algunas glosas.
No te escuches a ti mismo.
El cambio de ritmo es la sal del discurso, y la monotonía es su muerte.
La técnica es para el hombre y no el hombre para la técnica.
Si cada vez que pasas una diapositiva, interrumpes tu discurso,
más vale que no las uses. Las presentaciones deben encauzar y hacer fluir el discurso, no ralentizarlo.
Habla de usted a tu auditorio. Donde hay confianza, da asco, dice el refrán español.
Si te preguntan o te critican, primero agradece, y después responde. Si no tomas notas de lo que te plantean es que no tiene mucho interés en responder; y si no recoges el eco de tus voces, eres un tanto ególatra. La educación es el proceso por el que el niño pasa de considerarse de ombligo del mundo a parte del mundo.
Termina con un simple gracias o muchas gracias. Porque agradezco su atención es más propio de un vendedor de enciclopedias.


Adáptate a los oyentes. El público no es para ti. Adecúa el volumen de tu voz, la dicción y la velocidad de tus palabras a los oídos del auditorio. ¿De qué sirve un discurso que ni se oye, ni se entiende, ni se pronuncia a una velocidad alcanzable?
No hables tan rápido que no se te siga, ni tan lento que desespere.
La mejor improvisación suele ser la preparada.
Rem tene, verba sequentur (Catón). Domina la materia y las palabras te seguirán.
Si no fluye bien tu discurso puede ser por nervios -ensáyalo antes-; o por falta de léxico o de sintaxis: lee buena literatura. Pero habla cuando tu discurso discurra.
No conviertas una disertación académica en una evocación melancólica. Eso es una lectura literaria o una entrevista íntima.
Mira a tu público. No hables sobre la mesa, en posición de flexo.
Si no hay preguntas, quizás no hayas conectado tu mundo con el mundo.
Todo con medida. Homero no cantó la guerra de Troya, sino un episodio. No pretendas agotar el tema. Es estéril y exasperas al auditorio.
Empieza puntual y acaba puntual. Es la cortesía del orador.
Más vale culto que vulgar. Más vale cursi que zafio.
No hables con tono y léxico de cafetería. A cada uno lo suyo.
No ralentices tus discursos con sonidos no verbales.
No galopes, danza.
Pronuncia más claro la palabra más extraña.
Sintetiza: es el arte de comunicar.
Distingue el dato de la interpretación.
En la variedad está el gusto: varía el léxico, el tono, el registro.
Planteamiento, nudo y desenlace. Capta la atención al principio, y que el discurso no acabe por derribo.
Si no dices nada nuevo, dilo al menos de modo nuevo.
No repitas siempre lo que ya saben quienes te escuchan.
No abuses del "luego lo diré". Corres el riego de no hacerlo y crear así falsas expectativas.
Si dices: "y para acabar...", que sea verdad que acabas.
No es el tiempo el que ha de adaptarse a tu discurso, sino tu discurso al tiempo.
Si te falta tiempo es que te sobran datos y te falta reflexión.
Aprovechar y deleitar, decía Horacio. Aprender algo y disfrutar.
El discurso es una casa: cimientos, paredes y tejado. Que no se caiga.

Cuanta más información, menos conocimiento.
Cuanto más rápido hables, menos capacidad de síntesis demuestras.
Y saber es sintetizar. Saber es interpretar. Para almacenar datos, ya están los ordenadores, que no son inteligentes, esto es, no saben leer (legere) entre (inter): eso es la inte-ligencia. saber relacionar, interpretar.
Describir es una primera etapa del conocimiento. Pero hay que llegar a descubrir el sentido, o a intentarlo al menos.
La claridad, decía Ortega, es la cortesía del filósofo.
Sé claro, sé "para los otros".

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