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lunes, 27 de febrero de 2012

Sócrates, Iván Ilich y don Quijote

La muerte no es un trauma para Sócrates. Ha pensado mucho en ella. Cree entender su sentido, y no solo por lo que las tradiciones religiosas le ofrecen, sino, sobre todo, por el ejercicio de su razón. Por eso, su coherencia entre pensamiento y vida es proverbial, y se enfrenta a la muerte con la misma serenidad que predica.
Muy distinto es el caso del personaje de Tolstoi Ivan Illich. Él ha vivido de espaldas a la muerte. Sabía, sí, que los hombres mueren, pero no pensaba que él iba a morir. Ivan Illich vive hacia el exterior. Su intenso y prestigioso trabajo; su familia, que le causa disgustos en no pocas ocasiones, por lo que huye de ella y se refugia en el trabajo; su juego, su vida social. Es una vida externa con sus vaivenes, pero apoyada sobre todo en el trabajo brillante y en el juego. De repente, sobreviene una enfermedad, larga, pesada. Los médicos no tienen un claro diagnóstico, e Iván se enreda mentalemnte en su posible cura, hasta que comprende que de lo que se trata no es de una enfermedad, sino de la muerte, su muerte.
Entonces Iván comprende que hasta ese momento ha estado viviendo al margen de esa realidad inexcusable, al margen de su sentido. ¡Qué distinta la actitud de Sócrates! Iván ha vivido volcado hacia afuera. Sócrates ha vivido volcado hacia adentro. Iván se ha instalado en lo visible. Sócrates ha vivido en lo invisible.
¿Y don Quijote? Es interesante estudiar la muerte en el Quijote. De entrada, sabemos que el caballero, retransformado en hidalgo, muere tranquilo, sereno, sin rebeldía. Su locura caballeresca era locura, pero no superficialidad, no frivolidad, no inconsciencia.

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