-No vayamos a hacernos "misólogos" -dijo él- como los que se hacen misántropos. Porque no se puede padecer mayor mal que el de odiar los razonamientos. Y la misología se origina del mismo modo que la misantropía. Pues la misantropía se infunde al haber confiado en algo a fondo sin entendimiento, y al considerar que una persona es enteramente auténtica, sana y de fiar, y descubrir algo más tarde que ésta es malvada y engañosa, y de nuevo con otra, y cuando esto le ha pasado a uno muchas veces y especialmente con los que uno podía creer más íntimos e y mas familiares, chocando a menudo, al final acaba por odiar a todos y piensa que nada de nadie es sano en absoluto. (Platón, Fedón) Del odio a los razonamientos al odio a las palabras, hay solo un paso. Y odiar las palabras es odiar los libros. Frente al misólogo se alza la figura del filólogo: el que ama las palabras. Por eso los filólogos alejandrinos crearon las biblliotecas; por eso monjes medievales copiaron libros; de ahí que Petrarca y la pléyade humanista por él inaugurada buscaban y editaban manu-scritos (escritos a mano) antiguos. Quienes se burlan, quienes desprecian los libros son nuevos misólogos. Se fían más de los gestos que de las palabras, porque con frecuencia las palabras son mentirosas. Pero más que las palabras, mienten quienes las manipulan. Hay que distinguir el grano de la paja. Y para ese discernimiento es imprescindible el pensamiento, la lectura y los libros.

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